Hay descensos y hay derrumbes. Lo del Real Zaragoza es de los segundos.
El 24 de mayo de 2026, en el Estadio de Gran Canaria, un empate a uno que no servía para nada certificó lo que media España veía venir desde hacía meses: el Real Zaragoza es, por primera vez en su historia, equipo de Primera RFEF. La tercera categoría. El fútbol no profesional. Y no, no me sale escribirlo con sorna. Me sale escribirlo con un nudo en la garganta.
Porque hoy no ha caído un equipo cualquiera. Ha caído un gigante.
Para entender la magnitud de esto hay que parar un momento y mirar el escudo. El Real Zaragoza tiene seis Copas del Rey, una Recopa de Europa, una Supercopa de España y una Copa de Ferias. No es palmarés de equipo de ascensor. Es palmarés de los grandes.
Y por La Romareda no pasó gente cualquiera. Pasaron los Cinco Magníficos —Canario, Santos, Marcelino, Villa y Lapetra—, aquella delantera de leyenda de los años 60. Pasó un jovencísimo David Villa que metió 32 goles antes de comerse el mundo. Pasaron los hermanos Milito, juntos, en el corazón de un club que nunca olvidaron. Pasó Cafú antes de ser campeón del mundo. Pasaron Pablo Aimar, D'Alessandro, Rijkaard, Brehme, un Piqué que se curtió cedido en el centro de la defensa, Morientes, Ayala, Chilavert...
Y pasó, cómo no, Nayim, y aquel gol imposible desde el centro del campo al Arsenal en la final de la Recopa del 95 que sigue doliendo en Londres treinta años después. Ese era el Zaragoza. El de las noches europeas. El del miedo escénico en La Romareda.
El Zaragoza llevaba trece temporadas seguidas en Segunda desde que bajó de Primera en 2013. Trece años resistiendo, aguantando el tipo, esperando el rebote que nunca llegó. Era, de hecho, uno de los equipos con más antigüedad ininterrumpida en la categoría de plata.
Y ahí está la parte más cruel: aguantar tanto tiempo en Segunda no es estabilidad, es una cuerda que se va deshilachando. Año tras año sin competir de verdad por subir, con más malas sensaciones que buenas, con la grada cada vez más harta. Hasta que un día la cuerda se rompe del todo y no caes un escalón: caes dos.
El retroceso es brutal. El Zaragoza no pisaba la tercera categoría del fútbol español desde 1949. Setenta y siete años después, vuelve. Toda una vida.
No voy a señalar a nadie con saña, porque hoy no toca. Pero los números cuentan la historia solos. El grupo inversor que compró el club prometió Primera División, hablaba de Champions, de noches europeas. Cuatro años después, el balance es demoledor: poco más del 27% de victorias, nueve entrenadores quemados por el camino, decenas de jugadores que pasaron sin dejar huella, y ni una sola temporada peleando de verdad arriba.
Esta última campaña resume el caos: tres entrenadores en un mismo curso. Un equipo en descomposición, sin rumbo, sin alma futbolística. Y para rematar el drama aragonés, el mismo fin de semana también bajó el Huesca. Doble luto en la tierra.
Os voy a ser sincero, porque este blog va de eso. Cuando vi al Zaragoza certificar el descenso, no pude evitar pensar en mi Sporting.
No por nada en concreto. Sino porque el espejo del Zaragoza es uno en el que ningún aficionado de un histórico de Segunda quiere mirarse. Un equipo grande, con su afición fiel, con su estadio lleno, que se acomoda en la categoría de plata "porque total, somos el Zaragoza, esto es pasajero"... y un día descubre que lo pasajero se convirtió en estructural. Que la historia no te salva. Que el escudo no mete goles.
Que conste: digo esto desde el cariño y desde el miedo sano. El Sporting y el Zaragoza son de esa estirpe de clubes que merecen estar arriba, y precisamente por eso hay que cuidarlos. El descenso del Zaragoza no es solo su problema. Es un aviso para todos los que amamos a estos clubes de toda la vida.
Y aquí quiero acabar mirando hacia arriba, porque el fútbol también es esto.
El Racing de Santander tocó fondo, pasó por Segunda B y por Primera RFEF... y este mismo año ha vuelto a Primera. El Deportivo de la Coruña, otro grande que llegó a hundirse hasta la tercera categoría, ha hecho algo todavía más simbólico: ascendió a Primera ayer mismo, el mismo día que el Zaragoza tocaba fondo. Mientras en La Romareda se apagaban las luces, en Riazor se encendían todas. Ocho años de travesía por el desierto, un paso por los infiernos de la antigua Segunda B, y de vuelta a la élite. El Málaga también conoció el agujero y supo levantarse. Ninguno vivió del pasado: todos se reconstruyeron paso a paso, con paciencia, con identidad, desde abajo.
Eso es lo que le deseo al Zaragoza. Que use este golpe —el más duro de su historia— como un punto y aparte, no como un final. Que vuelva a ser el de las noches mágicas en La Romareda. Que esos chavales de la cantera que sueñan con el primer equipo lo devuelvan donde merece estar.
Porque el fútbol español es más bonito con el Zaragoza compitiendo arriba. Lo es.
Aupa Zaragoza. Y aupa el fútbol de los de siempre.