En mayo de 1960, un terremoto de magnitud 9,5 — el mayor jamás registrado por instrumentos — devastó el sur de Chile. Dos años después ese país tenía que organizar un Mundial. La frase que lo salvó la dijo Carlos Dittborn, el dirigente que había peleado la candidatura: «porque no tenemos nada, queremos hacerlo todo». Dittborn murió un mes antes de que empezara el torneo, con 38 años. El estadio de Arica lleva su nombre.
2 de junio de 1962, Chile contra Italia. La prensa italiana había publicado artículos despectivos sobre Chile y el país estaba encendido. Lo que pasó en el campo lo presentó así la BBC, por boca de David Coleman: «el espectáculo más estúpido, espantoso, repugnante y vergonzoso en la historia del fútbol».
Hubo puñetazos, patadas voladoras, una nariz rota — la del italiano Humberto Maschio, de un directo del chileno Leonel Sánchez, que era hijo de boxeador — y la policía tuvo que entrar al campo cuatro veces. El árbitro inglés Ken Aston expulsó a dos italianos y se le fue el partido de las manos por completo.
Ganó Chile 2-0. Y aquel desastre tuvo consecuencias que llegan hasta hoy: años después, el propio Ken Aston fue quien inventó las tarjetas amarilla y roja, buscando una forma de que el jugador entendiera la sanción sin hablar su idioma. Se le ocurrió parado en un semáforo.


Pelé se lesionó en el segundo partido y no volvió a jugar. Brasil, campeón vigente, se quedó sin su estrella en la primera semana.
Y apareció Manoel Francisco dos Santos, Garrincha, un hombre con las dos piernas torcidas hacia el mismo lado por una malformación de nacimiento — una seis centímetros más corta que la otra — al que los médicos habían dicho que no podría jugar al fútbol. Se comió el torneo. Dos goles a Inglaterra en cuartos, dos a Chile en semifinales, y una actuación que mucha gente considera la mejor exhibición individual de la historia de los Mundiales.
Terminó como máximo goleador del torneo, empatado con otros cinco jugadores a cuatro goles, y como mejor jugador del campeonato.


España volvía a un Mundial doce años después de Brasil 1950 — el sorteo de Roma de 1954 la había dejado fuera y en 1958 tampoco se clasificó. Llegó con una idea que hoy suena rarísima: la selección de Helenio Herrera llevaba a Alfredo Di Stéfano y a Ferenc Puskás, los dos nacionalizados.
Y aquí está una de las historias más tristes del fútbol español: Di Stéfano no llegó a jugar ni un minuto de Mundial en toda su vida. Se lesionó antes de empezar el torneo y se quedó sin debutar. Argentina no fue a un Mundial en sus años buenos, con Colombia no pudo, y cuando por fin llegó con España, el cuerpo dijo que no. El mejor jugador de su época nunca jugó un partido de Copa del Mundo.
España perdió con Checoslovaquia, ganó a México y perdió con Brasil. Fuera en la primera fase.
Hay una cosa en este Mundial que no se ha repetido nunca: el colombiano Marcos Coll marcó un gol olímpico — directo desde el saque de esquina, sin que nadie tocara el balón — en el 4-4 de Colombia contra la Unión Soviética. Y se lo metió nada menos que a Lev Yashin, el mejor portero de la historia.
Es el único gol olímpico de la historia de los Mundiales. Sesenta y tantos años después, sigue siendo el único.

Que de aquel partido salieron directamente la tarjeta amarilla y la roja.
Que la conexión es real pero indirecta. El árbitro de aquel desastre, Ken Aston, es efectivamente quien ideó las tarjetas — pero años después, y el detonante que él mismo contó fue otro partido, el Inglaterra-Argentina de 1966, tras el cual se dio cuenta de que los jugadores no se enteraban de que estaban amonestados o expulsados porque no entendían el idioma. La idea del código de colores se le ocurrió en un semáforo. Se estrenaron en México 1970. Así que Santiago 62 está en el origen del problema, no en el de la solución.
Que Garrincha fue expulsado en la semifinal contra Chile y que la FIFA le dejó jugar la final «por ser el mejor».
Que la expulsión es cierta y que jugó la final también. Lo que no está claro es el porqué: circulan varias versiones — presiones diplomáticas, un informe arbitral benévolo, la intervención del primer ministro brasileño — y ninguna está documentada de forma concluyente. Lo honesto es decir que se le permitió jugar sin que se sepa exactamente gracias a qué.
Que Chile 62 fue el torneo más brutal que se ha jugado nunca.
Que la fama viene sobre todo de un solo partido, el de Italia, que además fue el que vio el mundo por televisión. El torneo tuvo más episodios duros, sí, pero conviene no convertir un partido en la etiqueta de un campeonato entero. Lo que sí es objetivo es que fue, hasta entonces, el Mundial menos goleador de la historia: el fútbol se estaba volviendo más defensivo y aquí se notó.
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