Hay Mundiales que se recuerdan por un equipo y Mundiales que se recuerdan por un partido. Este se recuerda por cuatro minutos de un cuartos de final, y por un jugador que en ese rato enseñó las dos caras del fútbol una detrás de otra.

La sede era de Colombia. La FIFA se la había dado en 1974, pero en 1982 el país renunció: no podía asumir el coste ni las exigencias de infraestructuras. México, que ya lo había organizado en 1970, se ofreció y se lo quedó.
Y entonces, el 19 de septiembre de 1985, un terremoto devastó Ciudad de México y dejó miles de muertos. Ocho meses antes del Mundial. Hubo debate sobre si aquello se podía celebrar; se celebró.
México se convirtió así en el primer país en organizar dos Copas del Mundo. Hoy lleva tres, porque volvió a ser sede en 2026.
22 de junio, Estadio Azteca, cuartos de final. Argentina contra Inglaterra, cuatro años después de la guerra de las Malvinas. El ambiente no necesitaba explicación.
Minuto 51. Balón colgado al área, Maradona salta contra el portero Peter Shilton, que le saca veinte centímetros, y la mete. Con la mano izquierda. El árbitro tunecino no lo ve y concede el gol. En rueda de prensa, Maradona dijo aquello de que había sido «un poco con la cabeza de Maradona y otro poco con la mano de Dios». Tardó diecinueve años en admitir del todo que había sido la mano.
Minuto 55. Recoge el balón en su propio campo, gira sobre sí mismo entre dos rivales y arranca. Sesenta metros, once segundos, cinco ingleses regateados y Shilton otra vez. La gente que estaba allí dice que el estadio, con 114.000 personas, tardó un par de segundos en reaccionar porque no se creía lo que acababa de ver.
Los dos goles, el más sucio y el más limpio, en el mismo partido y con cuatro minutos de diferencia. No hay otra cosa igual en la historia del deporte.


España llegó a México con la generación del Buitre y en octavos le tocó Dinamarca, que venía de arrasar en su grupo y era la sensación del torneo.
Ganó 5-1. Y Emilio Butragueño metió cuatro. Sigue siendo una de las mejores tardes de la historia de la selección y la única vez que un español ha marcado cuatro goles en un partido de Mundial.
En cuartos, contra Bélgica, empate a 1 y eliminación en los penaltis. Otra vez. Pero aquel equipo dejó la sensación, por primera vez en mucho tiempo, de que España podía competirle a cualquiera.
29 de junio, Azteca, 114.600 personas — la mayor asistencia de una final desde el Maracaná de 1950. Argentina se puso 2-0 con goles de Brown y Valdano, Alemania empató a 2 en diez minutos con Rummenigge y Völler, y en el minuto 84 Maradona filtró un pase entre líneas para Jorge Burruchaga, que hizo el 3-2.
Maradona terminó con cinco goles, cinco asistencias y el Balón de Oro. Alemania perdió su segunda final seguida.


Que Argentina fue un equipo mediocre al que Maradona llevó a hombros hasta el título.
Que fue decisivo como pocos jugadores lo han sido nunca — cinco goles y cinco asistencias en siete partidos, y participación directa en diez de los catorce goles del equipo — pero no estaba solo. El gol que ganó la final lo marcó Burruchaga, en la final también marcaron Brown y Valdano, y el sistema de Carlos Bilardo, con tres centrales, estaba diseñado exactamente para liberarle a él. Que fuera el mejor de largo no convierte al resto en comparsas: convierte al equipo en uno que supo para qué lo tenía.
Que Maradona hizo el gol con la mano como desquite por la guerra de 1982, y que lo dijo así.
Que el contexto político era evidente y que él mismo escribió años después, en su autobiografía, que aquello se sintió como robarle la cartera a un inglés. Pero en 1986 negó expresamente que el partido fuera una revancha por la guerra, y tanto él como sus compañeros insistieron entonces en que no querían mezclarlo. Las dos cosas son suyas, dichas en momentos distintos de su vida. Contarlo solo con la versión épica de después es quedarse con la mitad.
Que la FIFA declaró oficialmente el segundo gol a Inglaterra como el mejor de la historia.
Que fue una votación popular por internet organizada por la FIFA en 2002, no un dictamen de un jurado de expertos. Eso no le quita mérito — ganó con más del 18% de los votos y por delante del gol de Michael Owen a Argentina — pero conviene saber qué es exactamente ese título. Lo que sí es objetivo: once segundos, sesenta metros y cinco rivales superados en la fase final de un Mundial.
Quedó la idea, que ya no se ha ido, de que un solo futbolista puede ganar un Mundial. Quedó la ola mexicana, que se hizo global en estas gradas. Y quedó Maradona convertido en algo más que un jugador: en México 86 empieza el mito que le acompañó, para bien y para mal, el resto de su vida.
Cuatro años después volvería a una final. Pero aquello ya fue otra historia, y bastante más triste.

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