Doce años sin Mundial. El de 1938 terminó con Europa a punto de arder y los de 1942 y 1946 no se jugaron. Cuando el balón volvió a rodar en 1950, lo hizo en Brasil, en un país que quería enseñarle al mundo que era el futuro. Construyó el estadio más grande jamás visto y se preparó una fiesta. Salió lo contrario.

Esto es lo primero que hay que entender, porque explica todo lo demás. Brasil pidió un formato distinto para recaudar más, y la FIFA se lo concedió: cuatro grupos, y luego una liguilla final de cuatro equipos a una sola vuelta en vez de semifinales y final. Campeón, el que sumara más puntos. El francés Henri Delaunay se fue del comité organizador en protesta.
Llegando a la última jornada, la tabla estaba así:
Brasil 4 puntos (7-1 a Suecia y 6-1 a España, trece goles en dos partidos). Uruguay 3 (2-2 con España y 3-2 a Suecia). Con el empate, Brasil quedaba en 5 y Uruguay en 4: a Brasil le valía empatar. Solo la victoria uruguaya daba la vuelta al marcador.
Y aquí va el detalle que casi nadie relaciona: ese margen de un punto lo creó España. Si Uruguay hubiera ganado a los españoles en vez de empatar 2-2, habría llegado igualado con Brasil y el último partido habría sido otra historia.
España llegó a Brasil tras eliminar a Portugal, con Guillermo Eizaguirre de seleccionador y una generación muy buena. Ganó los tres partidos de su grupo: 3-1 a Estados Unidos, 2-0 a Chile y 1-0 a Inglaterra.
El de Inglaterra es el partido. 2 de julio, Maracaná, minuto 49: Gabriel Alonso, un lateral que tenía prohibido pasar del medio campo, se saltó la orden, galopó por la banda y centró; Gaínza peinó hacia abajo y Zarra empujó. Ni él supo nunca con qué: «No sé si fue con la espinilla o me entró de rodilla… Lo que sé es que fue gol».
Inglaterra, que debutaba en Mundiales convencida de ser la dueña del invento, se fue a casa. El Daily Herald publicó la crónica en forma de esquela: «Nuestro cariñoso recuerdo al fútbol inglés, fallecido en Río de Janeiro el 2 de julio de 1950».
En la liguilla final España empató 2-2 con Uruguay (dos goles de Basora en tres minutos), se llevó un 6-1 de Brasil y perdió 3-1 con Suecia el mismo día y a la misma hora que se jugaba el Maracanazo. Cuarta. No hubo nada mejor hasta Sudáfrica 2010.
Dos nombres para quedarse: Antoni Ramallets, que no era titular y acabó de portero por un fallo de Eizaguirre, hizo tal partido ante Inglaterra que se quedó con el apodo de «el Gato de Maracaná»; y Estanislao Basora, que marcó cuatro goles, los mismos que Zarra, y los dos suyos se los metió al futuro campeón.

Brasil llegó al último partido convencido. Y no de forma vaga: de forma documentada.
El diario carioca O Mundo sacó una edición temprana el día del partido con la foto de la selección y el pie «Estes são os campeões do mundo». Se habían acuñado medallas de oro con el nombre de cada jugador grabado. Se había compuesto y ensayado un himno de victoria. Estaban listos los fuegos artificiales. Y Jules Rimet llevaba en el bolsillo un discurso en portugués en homenaje a los campeones brasileños.
Antes del pitido inicial, el alcalde de Río arengó por megafonía: «Vosotros, que en menos de unas horas seréis aclamados campeones por millones de compatriotas… ¡vosotros, a quienes ya saludo como vencedores!».

En el vestuario uruguayo, el seleccionador Juan López pidió jugar defensivo. Cuando salió, Obdulio Varela les dijo lo contrario a sus compañeros: «Juancito es un buen hombre, pero ahora se equivoca. Si jugamos para defendernos, nos sucederá lo mismo que a Suecia o España».
Brasil dominó la primera parte. Friaça marcó en el 47' y el Maracaná estalló. Y entonces Varela hizo la jugada más lista del partido: cogió el balón, reclamó un fuera de juego inexistente y exigió un intérprete para discutírselo al árbitro inglés. Se comieron varios minutos. El estadio se enfrió.
Schiaffino empató en el 66' tras un pase de Ghiggia. Y en el 79', Ghiggia se escapó por la derecha y fusiló al primer palo de Barbosa. 2-1.
Lo que vino después es lo que hizo famoso a este partido: no hubo pitada, no hubo bronca. Hubo silencio. Jules Rimet lo contó él mismo: «De golpe ya no hubo guardia de honor, ni himnos, ni discursos ante los micrófonos, ni entrega solemne del trofeo… Me encontré solo entre la multitud, con la Copa en los brazos sin saber qué hacer. Al final divisé al capitán uruguayo y le entregué el trofeo estrechándole la mano sin poder decirle ni una palabra».
Ghiggia lo resumió mejor que nadie: «Solo tres personas han conseguido hacer callar el Maracaná: el Papa, Frank Sinatra y yo». Murió el 16 de julio de 2015, exactamente 65 años después de su gol.


Que tras el 2-1 se suicidaron decenas de brasileños. Las cifras que circulan van de 2 a 34, a 70, a 100.
Que no existe ni una sola fuente contemporánea que lo documente. El Mundo Esportivo brasileño del 21 de julio, cinco días después y con tono trágico, no menciona ninguna muerte. Las cifras que circulan se contradicen entre sí y crecen con los años. El periodista brasileño Geneton Moraes Neto, autor de un libro sobre aquel Mundial, lo zanja: «creo que los presuntos suicidios son una leyenda urbana». Lo que sí está en la prensa de la época es lo contrario: el diario carioca A Manhã del 18 de julio de 1950 titulaba que la emoción había sido fatal para ocho uruguayos, muertos celebrando.
La cifra redonda que se repite siempre.
Que la cifra oficial y certificada es de 173.850 espectadores de pago, y sigue siendo el récord de asistencia a un partido de Copa del Mundo reconocido por la FIFA y por el Guinness. Los 200.000 son una estimación que incluye a los que entraron sin entrada, que fueron miles. Dicho de otra forma: la cifra buena no necesita inflarse, ya es el récord absoluto.
Que el portero Barbosa, destrozado, quemó los palos de la portería del Maracaná en una barbacoa para exorcizar el gol.
Que es cierto pero se cuenta mal: no fue un arrebato en caliente. Ocurrió en 1963, trece años después, cuando el Maracaná cambió sus porterías de madera por otras redondas; Barbosa trabajaba entonces en el estadio, se llevó los postes viejos a casa y los quemó en una parrillada con amigos. Lo contó él mismo. Lo que no es leyenda en absoluto es el castigo social: se le vetó la entrada a la concentración de la selección en 1993 por miedo a que trajera mala suerte, y él lo resumió así: «la pena máxima en Brasil por un delito son treinta años, pero yo he cumplido condena toda mi vida».
La frase que Obdulio Varela les soltó a los suyos antes de salir al Maracaná, y que se cuenta como invención suya.
Que la frase la dijo — está documentada, y completa era «Muchachos, los de afuera son de palo. Que comience la función» —, pero no la inventó: es un dicho rioplatense anterior, del truco y de los juegos de naipes, que significa que el que mira no opina. Obdulio no la creó, la inmortalizó.
Cuatro jugadores brasileños no volvieron a vestir la camiseta: Augusto, Juvenal, Bigode y Barbosa. Los dos últimos, negros, se convirtieron en los chivos expiatorios de un país entero. Y el dato que más duele de todo este capítulo: Brasil no volvió a tener un portero negro en la selección hasta 1995, cuando llegó Dida. Cuarenta y cinco años.
La camiseta también pagó. Brasil jugaba de blanco, y aquel blanco quedó maldito. Se convocó un concurso público para diseñar una equipación nueva con los colores de la bandera y lo ganó un chaval de Río Grande do Sul, Aldyr Garcia Schlee — que, por cierto, era hincha de Uruguay. Su diseño, la camiseta amarilla, se estrenó en 1954.


Uruguay se proclamó campeón jugando solo cuatro partidos, el mínimo de cualquier campeón de la historia: su grupo se quedó en dos equipos por las retiradas y despachó a Bolivia 8-0 ante 5.300 espectadores, la peor entrada del torneo.
Y quedó una palabra. Maracanazo no es solo el nombre de un partido: en Brasil es el nombre de una herida. Setenta y cinco años después sigue sirviendo para explicar por qué aquel país necesitó tanto ganar los Mundiales que vinieron después.
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