Francia llevaba toda su historia sin ganar un Mundial. Tenía la mejor generación que había producido nunca y la ganó en casa, con una selección que se convirtió en un símbolo político: el equipo black-blanc-beur, negro, blanco y árabe, presentado como la imagen de una Francia mestiza. Que ese debate siga vivo en 2026 dice bastante de lo que significó.
Esto hay que contarlo porque es de los ridículos más sonados de la selección. España llegó a Francia con una generación muy buena y con Javier Clemente en el banquillo, y empezó perdiendo 3-2 con Nigeria tras ir ganando, con un gol en el que Zubizarreta se marcó en propia puerta.
Después, 0-0 con Paraguay. Y en la última jornada, con las cuentas casi imposibles, 6-1 a Bulgaria: un partidazo, con Morientes, Hierro, Luis Enrique y Kiko marcando.
No sirvió de nada. Paraguay ganaba a Nigeria a la misma hora y España se quedó fuera en la fase de grupos. Seis goles y a casa. Clemente aguantó unos meses más y se fue.
Lo curioso de aquella Francia es que era un equipo defensivo con un genio dentro. Ganó el Mundial marcando 15 goles en siete partidos y ninguno de ellos lo hizo un delantero centro en la final.
Zidane, que llegaba señalado — lo habían expulsado en la fase de grupos por pisar a un saudí y se perdió dos partidos —, resolvió la final con dos goles de cabeza, ambos a balón parado, antes del descanso. Luego Petit hizo el tercero en el último minuto.
Aquella noche se cortó el tráfico en los Campos Elíseos y proyectaron la cara de Zidane sobre el Arco del Triunfo.

Este Mundial estrenó el gol de oro: en la prórroga, el primero que marcaba ganaba y se acababa el partido. El primero de la historia lo marcó Laurent Blanc contra Paraguay en octavos.
La norma duró poco — se abandonó en 2004 — porque producía el efecto contrario al buscado: en vez de animar a atacar, daba tanto miedo encajar que los equipos se encerraban todavía más.
También fue el Mundial del Argentina-Inglaterra de octavos: el gol de Michael Owen con 18 años corriendo desde su campo, la expulsión de David Beckham por darle una patadita a Simeone estando en el suelo — que le costó meses de escarnio en Inglaterra — y otra eliminación inglesa en los penaltis.

Que Nike obligó a Brasil a alinear a Ronaldo pese a que horas antes había sufrido un ataque convulsivo, para proteger su inversión publicitaria. Es la teoría que se repite desde 1998.
Que el episodio médico es real y está documentado: Ronaldo sufrió una convulsión en la concentración el día de la final, fue llevado al hospital, quedó fuera de la primera alineación entregada y finalmente jugó — mal, ausente, sin ser él. Lo que no está probado es la presión de Nike. El Congreso brasileño abrió una comisión de investigación sobre la relación entre la federación y la marca y no encontró pruebas de que se le obligara a jugar. Las explicaciones que quedan son médicas y humanas: el propio Ronaldo pidió jugar y los médicos le dieron el alta. Es un misterio con una parte perfectamente documentada y otra que es especulación desde hace casi treinta años.
Que la FIFA introdujo el gol de oro para evitar prórrogas aburridas y premiar el ataque.
Que esa era la intención y el resultado fue el contrario. Al saber que un solo gol encajado te elimina en el acto, los equipos se metieron atrás todavía más. Se probó también el «gol de plata» en la Eurocopa de 2004 y en 2004 la FIFA eliminó los dos. Hoy la prórroga vuelve a ser la de siempre. Es un buen ejemplo de norma bienintencionada que hizo justo lo que quería evitar.
Que el 6-1 a Bulgaria demuestra que España tenía equipo y que se fue por casualidades.
Que la eliminación se decidió en el primer partido, no en el último: España iba ganando 2-1 a Nigeria y acabó perdiendo 3-2. Con eso hecho, el 0-0 con Paraguay lo dejaba casi todo vendido. El 6-1 llegó cuando ya dependía de otros. Duele más la versión de la mala suerte, pero la aritmética estaba rota desde el día uno.
Quedó la primera estrella francesa y el primer Mundial de 32 equipos, un formato que duró hasta 2022. Quedó Croacia, que en su primera participación como país independiente acabó tercera, y quedó la sensación de que el fútbol se estaba haciendo global de verdad: debutaron Jamaica, Japón y Sudáfrica.
Y quedó Zidane, que volvería a esta serie ocho años después por un motivo muy distinto.
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