Para un aficionado español, 2002 es el Mundial del robo. Conviene contarlo entero y con datos, porque hay bastante más de lo que suele resumirse en una frase.

22 de junio de 2002, cuartos de final en Gwangju. España había ganado sus tres partidos de grupo y venía de eliminar a Irlanda en los penaltis. Enfrente, la anfitriona, que ya había dejado fuera a Portugal y a Italia.
El partido acabó 0-0 y España se fue en los penaltis. Pero por el camino le anularon dos goles:
El primero, un gol de Rubén Baraja anulado por una falta inexistente. Y el segundo, el que de verdad duele: un centro de Joaquín que el juez de línea dio por fuera de banda y que Fernando Morientes remató a gol. Las imágenes de televisión muestran que el balón no había salido.
El árbitro fue el egipcio Gamal Al-Ghandour. Ni él ni sus asistentes volvieron a arbitrar un partido internacional de alto nivel después de aquel torneo.
Ahora la otra parte, porque si no, esto es propaganda en vez de historia.
Aquella Corea del Sur no era un equipo malo. La entrenaba Guus Hiddink, llevaba meses concentrada a jornada completa con una preparación física bestial, y ganó su grupo por delante de Portugal jugando bien. En octavos tumbó a Italia con un gol en la prórroga. Y contra España aguantó 120 minutos sin conceder un gol legal.
Que los arbitrajes fueron malísimos es un hecho. Que Corea llegó a semifinales solo por eso, no.
La campeona del mundo y de Europa llegó como favorita absoluta y protagonizó el mayor batacazo del torneo: perdió 1-0 con Senegal en el partido inaugural — un país que debutaba y que había sido colonia francesa —, empató con Uruguay y perdió con Dinamarca.
Tres partidos, cero goles marcados, eliminada. Zidane llegó lesionado y solo pudo jugar el último. Senegal, por cierto, llegó a cuartos.
Argentina también se fue en la primera fase. Fue un Mundial de cadáveres ilustres.
Y en medio de todo aquello, la mejor historia: Ronaldo. Venía de tres años prácticamente en blanco por dos roturas gravísimas de rodilla, después de lo que le pasó en la final de 1998. Mucha gente daba por hecho que no volvería a ser el mismo.
Marcó ocho goles, incluidos los dos de la final, y fue máximo goleador y mejor jugador. Se presentó además con un corte de pelo absurdo — la cabeza rapada con un mechón triangular en la frente — que él mismo explicó años después: quería que la prensa hablara del peinado y dejara de preguntarle por la pierna.

Que la FIFA o los organizadores amañaron los partidos de Corea del Sur contra Italia y España para que la anfitriona llegara lejos.
Que las decisiones fueron escandalosamente malas y eso no lo discute nadie serio, pero no existe ninguna prueba de corrupción: ni investigación con resultado, ni sanción, ni documento. Lo que alimenta la leyenda son dos cosas circunstanciales: que los árbitros implicados desaparecieron del circuito internacional, y que el ecuatoriano Byron Moreno, el del Italia-Corea, acabó años después condenado en Estados Unidos por tráfico de drogas — un caso sin ninguna relación con el fútbol, pero que mucha gente usa como si fuera la prueba que falta. Un mal arbitraje no demuestra un amaño, y aquí lo que hay son arbitrajes pésimos.
Que aquel equipo era flojo y que sin ayuda no pasa de la primera fase.
Que es injusto con un equipo que ganó su grupo por delante de Portugal jugando bien, dirigido por Guus Hiddink, con una preparación física muy por encima de sus rivales y meses de concentración a tiempo completo. Los arbitrajes de octavos y cuartos fueron determinantes, sí. Pero reducirlo todo a eso es la coartada cómoda: a España también se le pueden pedir explicaciones por no haber marcado en 120 minutos.
Que fue una extravagancia sin más, o una apuesta perdida.
Que lo explicó él mismo: era una cortina de humo. Arrastraba molestias en la pierna y quería que la prensa brasileña hablara de otra cosa. Funcionó tan bien que aquel peinado se copió en peluquerías de medio mundo y todavía se recuerda. Él ha llegado a decir que le da vergüenza verlo.
Brasil sumó su quinta Copa y sigue siendo el país con más títulos. Alemania perdió una final en la que Oliver Kahn, su portero, fue elegido mejor jugador del torneo: es el único portero que ha ganado el Balón de Oro de un Mundial, y lo hizo el día que cometió el error que costó el primer gol.
Y quedó la prueba de que el fútbol ya no era solo cosa de Europa y Sudamérica: Corea semifinalista, Senegal y Turquía en cuartos — los turcos acabaron terceros —, y el gol más rápido de la historia de los Mundiales, el de Hakan Şükür a los 11 segundos en el partido por el tercer puesto.

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