Hay carreras que acaban con una vuelta de honor. La de Zidane acabó caminando por el centro del campo del Olímpico de Berlín, pasando por delante de la Copa del Mundo sin mirarla, camino del vestuario. Es una de las imágenes más raras que ha dado el deporte.
La final iba 1-1. Zidane había marcado en el minuto 7 de penalti y por encima del portero, a lo Panenka, con un balón que pegó en el larguero y entró. Materazzi había empatado de cabeza poco después.
Minuto 110 de la prórroga. Los dos caminan juntos, se dicen algo, Zidane se aleja unos pasos, se da la vuelta y le mete un cabezazo en el pecho que lo tira al suelo. El árbitro no lo vio en directo; se lo indicaron desde el equipo arbitral. Roja.
Francia perdió en los penaltis. Zidane no volvió a jugar nunca más.


Mientras se jugaba el Mundial, en Italia estallaba el mayor escándalo de su fútbol: el Calciopoli, una trama de designaciones arbitrales amañadas que acabó con la Juventus descendida a Segunda y despojada de dos títulos de Liga, y con Milan, Fiorentina y Lazio sancionados.
Trece de los veintitrés jugadores de aquella selección italiana pertenecían a clubes implicados. Ganaron el Mundial con sus clubes ardiendo a su espalda, y varios de ellos volvieron a un equipo que jugaba en Segunda División.
Lo llamaron Sommermärchen, el cuento de verano. Alemania montó pantallas gigantes en las calles — las Fan Mile de Berlín llegaron a juntar a cientos de miles de personas — y por primera vez desde la guerra el país se llenó de banderas alemanas sin que aquello resultara incómodo. Fue un cambio social del que todavía se habla allí.
Deportivamente Alemania quedó tercera, con Miroslav Klose de máximo goleador.

España ganó sus tres partidos de grupo — incluido un 4-0 a Ucrania — y en octavos se topó con Francia. Perdió 3-1 tras adelantarse, con Zidane firmando el tercero. Otra eliminación temprana más para la cuenta.
Y en ese mismo cruce de octavos se jugó el partido más salvaje del siglo: Portugal 1-0 Países Bajos, conocido como la Batalla de Núremberg. El árbitro ruso sacó 16 tarjetas amarillas y 4 rojas. Sigue siendo el récord de tarjetas en un partido de Mundial.
Que el insulto que provocó el cabezazo fue de tipo racista o religioso, dirigido al origen argelino de Zidane. Fue lo que se dio por hecho durante días.
Que Materazzi lo negó desde el principio y ha mantenido siempre la misma versión: reconoció públicamente en 2010 que insultó a la hermana de Zidane tras un rifirrafe por la camiseta, y negó haberle llamado terrorista o haber hecho ninguna referencia a su origen o a su religión. Zidane nunca ha dicho lo contrario; declaró que fueron palabras «muy duras» sobre su madre y su hermana, pidió perdón a los niños que lo estaban viendo y a la vez dijo que no podía arrepentirse, porque hacerlo sería darle la razón al que provocó. Una comisión de la FIFA sancionó a los dos: tres partidos a Zidane y dos a Materazzi.
Que la FIFA le dio el premio al mejor jugador del torneo a un futbolista que acababa de ser expulsado en la final, lo cual sería absurdo.
Que la votación de los periodistas se cerró antes del final del partido, y ahí está la explicación del entuerto. La FIFA llegó a plantearse retirárselo y no lo hizo. Sea como sea, el argumento deportivo se sostiene: Zidane hizo un torneo enorme, con actuaciones decisivas ante España y Brasil, y marcó en la final. Lo raro no es el premio: es la coincidencia de fechas.
Que el escándalo de amaños arbitrales italiano tuvo algo que ver con el título de 2006.
Que son dos cosas distintas y no hay ninguna conexión documentada. El Calciopoli fue una trama de designaciones de árbitros en la liga italiana, investigada y sancionada por la justicia deportiva italiana; nadie ha acusado nunca de nada al recorrido de la selección en Alemania. Lo que sí es cierto, y es una historia buenísima, es el contexto: aquellos jugadores se proclamaron campeones del mundo sin saber en qué división iban a jugar al volver a casa.
Quedó el cuarto título de Italia, que la puso a solo una Copa de Brasil. Quedó el modelo de Mundial como fiesta urbana con pantallas gigantes, que ya no se ha abandonado. Y quedó la escena de Zidane pasando de largo junto al trofeo, que se ha convertido en un cuadro, en una escultura y en material de análisis para media Francia.
Cuatro años después, en Sudáfrica, le tocaría el turno a alguien que llevaba ochenta años esperando.
Opina como en la caja de comentarios de YouTube, pero en casa. Sé educado, guaje, que esto lo lee gente de bien.