Ochenta años. Desde 1930, España había ido a trece Mundiales y había llegado como mucho a unos cuartos. Lo más lejos que estuvo fue un cuarto puesto en 1950. Y de repente, el 11 de julio de 2010, todo eso se acabó.

España llegaba a Sudáfrica como campeona de Europa y máxima favorita. Y perdió el primer partido, 1-0 contra Suiza, en uno de esos días en los que el balón no quiere entrar.
El dato que lo convierte en histórico: ningún equipo había ganado nunca un Mundial después de perder su partido inaugural. España fue la primera y sigue siendo la única.
A partir de ahí ganó a Honduras y a Chile, y luego vino lo más raro de todo: Portugal 0-1, Paraguay 0-1, Alemania 0-1 y Países Bajos 0-1. Cuatro eliminatorias, cuatro victorias por la mínima, ni un solo gol encajado desde octavos. Campeona del mundo con ocho goles en siete partidos, la cifra más baja de cualquier campeón.

Soccer City, Johannesburgo, 84.490 personas. Los Países Bajos, que llegaban con un fútbol muy distinto al de la Naranja Mecánica de 1974, decidieron que a España no se le podía ganar jugando y salieron a pegar.
El árbitro inglés Howard Webb sacó catorce tarjetas amarillas, récord en una final. La jugada que lo resume: Nigel de Jong le plantó la suela en el pecho a Xabi Alonso a la altura del esternón. Amarilla. Webb ha reconocido después que hoy sacaría la roja.
Casillas le sacó a Robben un mano a mano con la punta del pie cuando el partido se iba. Y en el minuto 116, Cesc puso el pase, Iniesta controló y la clavó. Se quitó la camiseta para enseñar un mensaje escrito a mano: «Dani Jarque, siempre con nosotros», por su amigo fallecido un año antes.


Que un pulpo de un acuario alemán acertó todos los resultados del Mundial y que aquello tenía algo de inexplicable.
Que los aciertos son ciertos: acertó los ocho pronósticos que se le pidieron en 2010, incluidos los siete de Alemania y la final. Y que la explicación también: el pulpo elegía entre dos cajas transparentes con una bandera pegada y comida dentro, y los pulpos reaccionan a formas, contrastes y colores — se ha señalado su preferencia por las franjas horizontales y por ciertos tonos. Con dos opciones, acertar ocho veces seguidas tiene una probabilidad de 1 entre 256: improbable, pero nada del otro mundo cuando decenas de animales por todo el mundo estaban haciendo pronósticos y solo se hizo famoso el que acertó. Paul murió en octubre de 2010 y en su acuario le hicieron un monumento.
Que aquel equipo ganó a base de tocar el balón sin hacer nada y de partidos de 1-0.
Que los ocho goles en siete partidos son un hecho, y es la cifra más baja de un campeón. Pero conviene mirar el otro lado del marcador: dos goles encajados en todo el torneo y ninguno desde octavos. Y sobre todo, el contexto: los rivales dejaron de intentar ganarle a España jugando al fútbol. Los Países Bajos lo dijeron con la suela de De Jong. Cuando el plan de todos tus rivales es impedir que se juegue, ganar cuatro eliminatorias seguidas 1-0 no es falta de ambición: es resistencia.
Que Luis Suárez le robó a Ghana la primera semifinal africana de la historia con una mano en la línea, y que fue una trampa impune.
Que no salió impune: fue expulsado y se señaló penalti, que es exactamente lo que marca el reglamento. Lo que pasó después no dependió de él — Asamoah Gyan estrelló el penalti en el larguero en el último minuto de la prórroga y Uruguay ganó la tanda. El debate no es sobre si hubo castigo, sino sobre si el castigo es suficiente cuando la mano evita un gol hecho. Suárez nunca ha mostrado arrepentimiento y lo ha llamado «la mano de Dios uruguaya». Ghana sigue sin haber llegado a unas semifinales.
No conviene que lo de España tape lo otro: era la primera vez que el torneo se jugaba en África, dieciséis años después del fin del apartheid, y se había dudado mucho de que Sudáfrica pudiera organizarlo. Lo organizó.
Quedaron las vuvuzelas, aquel zumbido constante que volvió loca a media audiencia mundial y que la FIFA estuvo a punto de prohibir. Y quedó el batacazo de los dos finalistas anteriores: Italia y Francia se fueron en la fase de grupos, los franceses además en plena revuelta interna, con los jugadores negándose a entrenar.


España se convirtió en el octavo país campeón del mundo y en el primero que gana una Eurocopa, un Mundial y otra Eurocopa seguidos. La foto del autobús por la Castellana, el Yo soy español y aquel verano son de esas cosas que quien las vivió sitúa con exactitud.
Y para esta serie tiene un cierre bonito: el país que se quedó fuera de un Mundial por una papeleta en 1954, el del fracaso en casa en 1982, el del codazo de Tassotti y el de los goles anulados en Corea, tardó ochenta años y lo hizo de una vez.
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