Si el Maracanazo fue la mayor sorpresa de la historia de los Mundiales, esta es la segunda — y hay quien dice que la primera. Porque en 1950 Uruguay era campeón del mundo; en 1954, Alemania Federal era un país en ruinas que acababa de volver a ser admitido en el fútbol internacional.

Hay que entender lo que era aquella Hungría. Campeona olímpica en 1952. Cuatro años sin perder un partido. Y sobre todo: en noviembre de 1953 fue a Wembley y le metió un 6-3 a Inglaterra, la primera derrota inglesa en casa ante un equipo continental. Por si quedaba duda, en mayo del 54 repitieron en Budapest: 7-1.
Puskás, Kocsis, Hidegkuti, Bozsik, Czibor, Grosics. El Aranycsapat, el Equipo de Oro. Entre 1950 y 1956 jugaron cincuenta partidos y perdieron exactamente uno. El del 4 de julio de 1954.
En la grada de Wembley, aquel día del 6-3, estaba sentado un señor alemán llamado Sepp Herberger. Al salir dijo una sola frase: «he visto lo que quería ver».
Dieciséis equipos, cuatro grupos… pero solo dos partidos por equipo. En cada grupo se designaban a dedo dos cabezas de serie, y los cabezas de serie no se enfrentaban entre sí, ni los no sembrados entre ellos. Si había empate a los 90 minutos, se jugaba prórroga en fase de grupos; y si seguía el empate, se quedaba en empate. La diferencia de goles no contaba: los empates a puntos se resolvían con otro partido, y si hacía falta, por sorteo.
Con semejante invento pasó de todo, incluido que dos equipos del mismo grupo se enfrentaran dos veces mientras otros dos no se vieran nunca. Se abolió inmediatamente después.
Este es el capítulo español de este Mundial, y es de los que duelen. España se jugaba la clasificación mano a mano con Turquía.
Ganó 4-1 en Chamartín el día de Reyes. Perdió 1-0 en Estambul en marzo. Y tres días después, desempate en Roma: 2-2 tras la prórroga, con gol de Escudero en el 79'. No había penaltis — la tanda no entró en el reglamento hasta 1970. Así que se decidió por sorteo.
Lo hicieron así: metieron dos papeletas en una copa, con SPAGNA y TURCHIA escritas en italiano, y le vendaron los ojos con un pañuelo blanco a un chaval de catorce años que andaba por el estadio, Franco Gemma. Sacó una. El que se la quitó de la mano gritó: «¡Turchia!».
España había marcado más goles que Turquía en toda la eliminatoria (6-4) y se quedó fuera. No volvió a un Mundial hasta 1962. Dimitió el seleccionador, dimitió el presidente de la Federación y dimitió la junta entera.
Y hay una segunda capa, todavía más turbia. Ladislao Kubala jugó el partido de Estambul con España pese a no cumplir los tres años de residencia que exigía la FIFA — la propia RFEF lo admite hoy en su historia oficial. Minutos antes del desempate de Roma, el jefe de la expedición española entró en el vestuario con un telegrama que le había entregado el presidente de la federación italiana: «Attention équipe espagnole situation joueur Kubala». No prohibía nada explícitamente. Bastó el miedo. Kubala se quedó fuera y nunca se supo quién mandó el telegrama.
Un apunte para no repetir bulos: se cuenta mucho que el sorteo fue a cara o cruz — lo llegó a decir la propia FIFA — y también que en el grupo estaba la URSS y renunció. Ninguna de las dos cosas es cierta: fueron papeletas, y la URSS no debutó en una fase de clasificación hasta 1958.
En la fase de grupos, el sorteo cruzó a Hungría y Alemania Federal. Herberger hizo siete cambios y perdió 8-3. La humillación fue tan grande que le llegaron cartas a casa sugiriéndole que se ahorcara «de manera que la cuerda todavía sirva después». Las leyó en voz alta en el vestuario antes del partido siguiente.
En ese mismo 8-3, Werner Liebrich le fracturó el tobillo a Puskás, que se perdería cuartos y semifinales.
Alemania ganó después el desempate a Turquía 7-2, los cuartos a Yugoslavia 2-0 y la semifinal a Austria 6-1. Y se plantó en la final contra el equipo que le había metido ocho.
Los cuartos entre Hungría y Brasil, el 27 de junio y bajo la lluvia, tienen nombre propio. 42 faltas, dos penaltis y tres expulsados. Ganó Hungría 4-2, pero lo gordo pasó después: jugadores brasileños entraron en el vestuario húngaro y hubo pelea. Al seleccionador Gusztáv Sebes le tuvieron que dar cuatro puntos de sutura en la cara. Los separó la policía de seguridad húngara con las porras fuera.
El árbitro inglés Arthur Ellis lo contó años después: «pensé que iba a ser el mejor partido que vería nunca… No sé si la política y la religión tuvieron algo que ver, pero se comportaron como animales». La FIFA no sancionó a nadie.
4 de julio de 1954, Wankdorf de Berna, bajo un aguacero. Hungría se puso 2-0 en ocho minutos — Puskás en el 6', Czibor en el 8' — y aquello olía a otra goleada.
Pero Alemania empató antes del cuarto de hora: Morlock en el 10' y Rahn en el 18'. Y en el 84', otra vez Helmut Rahn: 3-2. Dos minutos después, Puskás marcó el 3-3 y el juez de línea galés Mervyn Griffiths lo anuló por fuera de juego.
Fue la primera vez desde la Segunda Guerra Mundial que sonó el himno alemán en un evento deportivo mundial.


Que el zorro alemán regaló el partido a propósito con un equipo B para que los húngaros se confiaran y no vieran su once de verdad.
Que hizo siete cambios, no once, y que en aquel 3-8 jugaron seis de los once que jugarían la final, Fritz Walter y Rahn incluidos. Y sobre todo, que el motivo documentado es otro: tenía permiso escrito del DFB desde abril, dos meses antes del torneo, porque con aquel formato la diferencia de goles no contaba y calculaba que acabaría empatado a puntos con Turquía. Guardó fuerzas para el desempate, no para engañar a nadie. Que de paso Hungría se confiara fue efecto colateral. El plan real llevaba ocho meses en marcha, desde Wembley.
Que Adi Dassler inventó los tacos intercambiables, se los cambió a los alemanes en el descanso por el barro, y que eso decidió la final.
Que la ventaja material es plausible y hasta la reconoce la Oficina Alemana de Patentes… que es justamente quien desmonta el resto. Dassler no inventó nada: el taco de rosca estaba patentado por Ludwig Wacker en 1925 y por el zapatero de Bremen Alexander Salot en 1949, cuyo equipo ya jugaba con ellos desde 1947. Dassler solo registró un modelo de utilidad en 1952. La propia oficina de patentes lo dice con sorna: se ganó a Herberger como asesor, se hizo proveedor de la selección «y luego pudo tejer publicitariamente la leyenda». La escena del cambio de tacos en el descanso viene de la película de 2003, no de una fuente de 1954.
Que Alemania ganó el Mundial dopada con Pervitin, metanfetamina.
Que hay que separar tres cosas. Que hubo inyecciones está probado: lo admitió el propio dictamen del DFB del 8 de noviembre de 1954. Que aquellas jeringuillas mal esterilizadas contagiaron una hepatitis está probado también, y es la parte grave: cinco jugadores con ictericia semanas después, Morlock seis semanas hospitalizado, y una esperanza de vida del grupo notablemente peor que la de la selección de 1966. Que el contenido fuera metanfetamina no está probado — es una inferencia, y ni siquiera los médicos que estudiaron la hepatitis la suscriben. La versión oficial, «vitamina C», tampoco convence a nadie: se podía tomar por vía oral, no hacían falta jeringuillas. No se conserva ninguna muestra y no hubo controles antidopaje hasta 1966.
Que las imágenes demuestran que el 3-3 era legal y que a Hungría le robaron el Mundial.
Que las imágenes no demuestran nada: el metraje oficial de televisión no capta la posición de Puskás en el momento del pase. Lo que existe son testimonios e inferencias de historiadores, sobre todo la de los suplentes alemanes que estaban sentados a esa altura. Es un «probablemente legal» reconstruido, no una prueba. Y conviene añadir el contexto: en esa final se señalaron nueve fueras de juego a Alemania y tres a Hungría, y hubo otra jugada dudosa en el 2-2 alemán.
En Budapest ya estaba impreso el sello conmemorativo de los campeones. Y detrás del Népstadion se habían levantado diecisiete pedestales para diecisiete estatuas de los jugadores, más grandes que el tamaño natural. La federación alemana escribe hoy que siguen ahí «como monumento de advertencia a la ligereza criminal».
El portero Gyula Grosics, al que parte del país culpó del tercer gol, fue acusado de espionaje, puesto bajo arresto domiciliario y trasladado a la fuerza del Honvéd a un club de provincias. Al narrador de radio lo apartaron una temporada. Hubo manifestaciones en Budapest que empezaron por el fútbol y acabaron contra el régimen de Rákosi; Grosics llegaría a decir que en aquellas protestas estaba «la semilla del levantamiento de 1956» — aunque eso es su lectura, no una tesis cerrada de los historiadores.
El epílogo es bonito y casi nadie lo cuenta: en 1990, caído el Telón de Acero, los alemanes invitaron a los supervivientes húngaros al 70 cumpleaños de Fritz Walter. A partir de ahí se juntaron todos los años durante décadas, alternando país. Grosics: «creo que la amistad entre los antiguos jugadores húngaros y alemanes puede llamarse la más extraordinaria del mundo».


140 goles en 26 partidos: 5,38 de media. No lo ha superado nadie y no lo va a superar nadie — el segundo de la lista es 1938, con 4,66. Dentro salieron cosas como el Austria 7-5 a Suiza, que con sus doce goles sigue siendo el partido más goleador de la historia de los Mundiales.
Eso sí, conviene no venderlo como magia: buena parte de esa media la explica el formato — prórrogas en fase de grupos, dos partidos de desempate extra y unos cuantos resultados desbocados.
Y una última cosa, porque es la que mejor resume todo esto. Se llama «el Milagro de Berna», pero Herberger llevaba ocho meses preparándolo desde aquel 6-3 de Wembley: marcó a Hidegkuti con un centrocampista en vez de con el central, le encargó a un extremo que persiguiera a Bozsik para ahorrarle piernas a Fritz Walter, tenía a su ayudante alojado en el hotel de los húngaros y permiso por escrito desde abril. Él mismo lo zanjó: «¿tuvimos suerte, tuvieron mala suerte los húngaros? Yo digo que ganamos merecidamente».

Opina como en la caja de comentarios de YouTube, pero en casa. Sé educado, guaje, que esto lo lee gente de bien.