La FIFA se la jugó llevando el Mundial a un país donde el fútbol no importaba a casi nadie. Salió bien en taquilla — nunca ha ido tanta gente a un Mundial, ni antes ni después — y salió raro en todo lo demás: partidos a mediodía por la televisión europea, calor de 40 grados y un torneo que dejó más titulares fuera del campo que dentro.

Empecemos por lo nuestro, porque en España todavía escuece. Cuartos de final, 9 de julio, Foxboro de Boston. España 1-2 Italia, y en el minuto 88, con el balón lejos, el defensa italiano Mauro Tassotti le metió un codazo en la cara a Luis Enrique dentro del área. Le rompió el tabique nasal. Luis Enrique se levantó con la cara llena de sangre.
El árbitro húngaro no pitó nada. Ni penalti ni falta. Y España se fue a casa.
Lo que pasó después es importante: la FIFA revisó las imágenes y sancionó a Tassotti con ocho partidos, la suspensión más larga que se había impuesto nunca a un jugador en un Mundial. Es decir: reconocieron oficialmente lo que había pasado, pero cuando ya no servía de nada.

Colombia llegó a Estados Unidos como una de las favoritas: venía de ganar 5-0 a Argentina en Buenos Aires en la clasificación y Pelé la había señalado como candidata al título.
Cayó a la primera. En el segundo partido, contra Estados Unidos, el central Andrés Escobar intentó cortar un centro y se marcó un gol en propia puerta. Colombia perdió 2-1 y quedó eliminada.
El 2 de julio de 1994, diez días después, Escobar fue tiroteado en el aparcamiento de un bar de Medellín. Murió a los 27 años. Su asesinato conmocionó al fútbol mundial y a Colombia entera; a su entierro fueron más de cien mil personas.
Es la historia más dura de toda esta serie y merece contarse con cuidado, porque también se cuenta mal. Abajo, en el apartado de lo documentado.
Maradona llegó a su cuarto Mundial con 33 años y en forma. Marcó contra Grecia y celebró aquel gol gritando a cámara con los ojos desorbitados — otra imagen que dio la vuelta al mundo.
Después del partido contra Nigeria, dio positivo por efedrina y fue expulsado del torneo. Él siempre sostuvo que venía de un suplemento que le habían dado y que no sabía lo que llevaba. Su frase de aquellos días es de las que se le quedaron para siempre: «me cortaron las piernas».
Argentina, que había empezado arrollando, se hundió y cayó en octavos.
17 de julio, Rose Bowl de Pasadena, 94.194 personas y un calor infernal al mediodía. Brasil 0-0 Italia tras 120 minutos. Es la única final de un Mundial que ha terminado sin goles.
Y se decidió en la primera tanda de penaltis de la historia de una final. Fallaron Baresi, Massaro y, el último, Roberto Baggio, que la mandó por encima del larguero. La foto de Baggio de espaldas, con las manos en las caderas y la cabeza gacha, es una de las imágenes más famosas del deporte.
Brasil ganaba su cuarta Copa, veinticuatro años después de la de Pelé. Romário fue el mejor jugador del torneo, y su celebración con Bebeto meciendo un bebé imaginario — Bebeto acababa de ser padre — se convirtió en la celebración más imitada de la historia.


Que unos narcotraficantes que habían apostado dinero a Colombia lo ejecutaron como castigo por el autogol, y que el asesino le gritó «gol» a cada disparo.
Que hay que separar lo probado de lo repetido. Probado: Escobar fue asesinado a tiros en Medellín el 2 de julio de 1994, diez días después del partido; hubo una condena por el crimen; el entorno del caso estaba relacionado con gente muy cercana al narcotráfico. No probado judicialmente: que el móvil fuera el autogol o una apuesta perdida. La versión que consta en el proceso apunta a una discusión en el aparcamiento que se fue de las manos, y el detalle de los gritos de «gol» procede de testimonios que se han repetido durante treinta años sin estar acreditados. Que el fútbol colombiano de aquellos años estaba podrido por el narcotráfico es un hecho; que ese gol sea la causa directa de su muerte es una simplificación que se ha contado tantas veces que parece un dato. Por respeto a él, conviene contarlo con precisión.
Que Roberto Baggio le costó a Italia el Mundial al fallar el penalti decisivo.
Que Italia falló tres penaltis, no uno: antes que él erraron Franco Baresi y Daniele Massaro. Y sobre todo: Italia no habría llegado a esa final sin Baggio, que marcó cinco goles en las eliminatorias y sacó al equipo de octavos, cuartos y semifinales prácticamente él solo. Además jugó la final lesionado, con el muslo vendado. Cargarle a él la derrota es de las injusticias más repetidas del fútbol.
Que en la inauguración Diana Ross falló un penalti y la portería se partió en dos igual, dejando una escena ridícula.
Que es todo cierto y además estaba planeado: la portería estaba preparada para romperse en dos al margen de que el balón entrara, así que cuando ella lo mandó fuera, el decorado se partió de todas formas. No fue un fallo técnico del espectáculo: fue un gol fallado dentro de una coreografía que no contemplaba el fallo. Se ha convertido en el símbolo de lo raro que fue aquel Mundial.
Quedaron dos récords que siguen en pie. Uno: el ruso Oleg Salenko marcó cinco goles en un solo partido, contra Camerún, algo que no ha hecho nadie más en un Mundial — y terminó máximo goleador empatado con Stoichkov, con seis, pese a que Rusia no pasó de la fase de grupos. Dos: en ese mismo partido, Roger Milla marcó con 42 años y sigue siendo el goleador más veterano de la historia del torneo.
Y quedó un cambio de norma que ha marcado el fútbol desde entonces: se estrenaron los tres puntos por victoria, para que ningún equipo se conformara con empatar. Venía de lo aburrido que había sido el Mundial de 1990.

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