Después de los cuatro minutos de Maradona en el Azteca, el fútbol se puso a la defensiva. Italia 90 es Notti Magiche, una de las bandas sonoras más recordadas de cualquier Mundial, y al mismo tiempo el torneo más agarrotado que se ha jugado nunca. Las dos cosas a la vez.

8 de junio, San Siro, partido inaugural: Argentina, campeona del mundo y con Maradona, contra Camerún. Los africanos jugaron durísimo, acabaron con nueve jugadores y ganaron 1-0 con un cabezazo de Omam-Biyik que se le escapó al portero.
No fue una casualidad. Camerún ganó su grupo, eliminó a Colombia en octavos y llegó a cuartos de final, la primera vez que un equipo africano llegaba tan lejos. Allí se puso 2-1 por delante de Inglaterra y cayó 3-2 en la prórroga, con dos penaltis de Lineker.
El símbolo de todo aquello fue Roger Milla, un delantero de 38 años que salía desde el banquillo, marcó cuatro goles y celebraba cada uno bailando abrazado al banderín de córner. Esa celebración dio la vuelta al mundo y sigue copiándose.

La semifinal entre Italia y Argentina se jugó en Nápoles. Es decir: en la ciudad donde Maradona era, literalmente, un santo — le había dado al Nápoles los dos únicos títulos de Liga de su historia.
Y Maradona hizo algo que en Italia no le perdonaron nunca: pidió públicamente a los napolitanos que apoyaran a Argentina, recordándoles que el resto del país los trataba como ciudadanos de segunda los otros 364 días del año.
El partido acabó 1-1 y lo ganó Argentina en los penaltis. A partir de ahí, en cada balón que tocó Maradona en Italia sonó una pitada, incluida la final. Lo llamaron traidor. Él siempre dijo que solo había dicho la verdad.
La otra semifinal, Inglaterra contra Alemania, también acabó en penaltis. Pero lo que quedó de ella fue un plano de televisión: Paul Gascoigne, la gran esperanza inglesa, vio una tarjeta amarilla que le iba a impedir jugar una hipotética final y se echó a llorar en el campo.
Aquella imagen hizo algo curioso: en Inglaterra se considera el momento en que el fútbol dejó de ser cosa de hooligans y volvió a ser popular entre las clases medias. Suena exagerado y sin embargo lo dicen los propios historiadores ingleses del deporte.

Salvatore Schillaci llegó a aquel Mundial con 25 años, un solo partido como internacional y sin ser titular. Salió del banquillo en el primer partido, marcó, y ya no paró: terminó con seis goles, máximo goleador y mejor jugador del torneo.
Después de 1990 no volvió a marcar con Italia. Un Mundial entero de gloria y nada más. Murió en 2024 y en Italia lo despidieron como a un héroe nacional.


8 de julio, Olímpico de Roma. Argentina llegó a la final habiendo ganado un solo partido en el tiempo reglamentario desde octavos, con el portero Goycochea parando penaltis en dos tandas, y con cuatro jugadores sancionados. Alemania era muy superior.
El partido fue un desastre: Monzón vio la primera tarjeta roja de la historia en una final de un Mundial en el minuto 65, Brehme marcó de penalti en el 85 — un penalti muy protestado — y Dezotti fue expulsado también. Argentina acabó con nueve.
Al pitido final, Maradona lloró sobre el césped mientras el estadio silbaba. Es la otra gran imagen del torneo.
Que Franz Beckenbauer, capitán campeón en 1974 y seleccionador campeón en 1990, es el único que lo ha conseguido.
Que no es el único ni fue el primero. El brasileño Mário Zagallo lo hizo antes: campeón como jugador en 1958 y 1962, y como seleccionador en 1970. Y después llegó Didier Deschamps, campeón como capitán en 1998 y como seleccionador en 2018. Son tres. Lo que sí es cierto es que Beckenbauer es el único que lo ha hecho como capitán y como seleccionador.
Que Milla tenía 38 años en aquel Mundial, y que en realidad era bastante mayor.
Que la fecha oficial es el 20 de mayo de 1952, lo que le daba 38 años recién cumplidos durante el torneo. Circula desde entonces la sospecha de que era mayor, pero no hay ninguna prueba: es una de esas dudas que se repiten sin que nadie aporte un documento. Y el dato realmente demoledor está cuatro años después: en 1994, con 42 años, volvió a marcar en un Mundial y sigue siendo el goleador más veterano de la historia del torneo.
Que Italia 90 fue un aburrimiento insoportable y no dejó nada.
Que lo de los goles es objetivo: 115 en 52 partidos, 2,21 de media, el registro más bajo de siempre. Pero de ese aburrimiento salieron dos cambios que arreglaron el fútbol moderno: la prohibición de que el portero coja el balón con las manos en una cesión, aprobada en 1992, y los tres puntos por victoria, que la FIFA estrenó en el Mundial de 1994 para premiar a quien ataca. Casi todo lo que hace hoy que un partido sea entretenido se decidió por lo aburrido que fue este.
España se fue en octavos, perdiendo 2-1 con Yugoslavia en la prórroga, después de que Míchel le hiciera un triplete a Corea del Sur en la fase de grupos.
Y quedó la sensación de cierre de época. Maradona no volvería a ser el mismo, Alemania se reunificó tres meses después de aquella final — la selección que ganó en Roma fue la última «Alemania Federal» de la historia —, y el fútbol tomó nota de que así no se podía seguir.

Opina como en la caja de comentarios de YouTube, pero en casa. Sé educado, guaje, que esto lo lee gente de bien.