Brasil volvía a organizar un Mundial sesenta y cuatro años después del Maracanazo, con la idea de cerrar por fin aquella herida. Lo que pasó fue que se abrió otra peor.

8 de julio, Belo Horizonte, semifinal. Brasil llegaba sin Neymar, lesionado en la espalda en cuartos, y sin Thiago Silva, sancionado. El estadio lloraba durante el himno sosteniendo la camiseta de Neymar.
Alemania marcó en el minuto 11. Y luego, entre el minuto 23 y el 29, metió cuatro goles más. Cinco en dieciocho minutos. Al descanso era 0-5.
En la segunda parte llegó el 0-6 y el 0-7. Óscar marcó el del honor en el 90. 1-7.
Lo más desconcertante fue el final: buena parte del Maracaná — perdón, del Mineirão — aplaudió a Alemania. Y algo todavía más raro: los jugadores alemanes, ya con 5-0, dejaron de celebrar los goles por respeto.
La campeona del mundo debutó contra los Países Bajos, el mismo rival de la final de 2010. Se puso 1-0 de penalti de Xabi Alonso y acabó perdiendo 1-5, con el remate imposible de Van Persie en plancha que dio la vuelta al mundo.
Después perdió 2-0 con Chile y estaba eliminada en dos partidos. Ganó el tercero a Australia por pura dignidad. Fue el final de la mejor generación que ha tenido este país.
13 de julio, Maracaná. Alemania contra Argentina, la tercera final entre las dos. Argentina tuvo las ocasiones más claras — Higuaín se marchó solo y la mandó fuera —, Alemania mandó el juego, y en el minuto 113 entró Mario Götze, que había salido del banquillo, controló con el pecho un centro de Schürrle y la clavó de volea con el interior izquierdo.
Messi, que fue elegido mejor jugador del torneo, pasó al lado de la copa camino del vestuario sin mirarla. Otra vez esa imagen.


Que la ausencia de Neymar, lesionado en cuartos, explica la goleada.
Que ayuda a explicar el ambiente, no el resultado. Un equipo no encaja cinco goles en dieciocho minutos por echar de menos a un delantero: lo que se vio fue un colapso colectivo, con la defensa desarmada y el centro del campo desbordado en cada jugada. Los análisis tácticos posteriores señalan que Brasil llevaba todo el torneo jugando mal y tapándolo con épica: había pasado a Chile en los penaltis y a Colombia con muchos apuros. La ausencia de Thiago Silva, el central y capitán, sancionado, pesó probablemente más que la de Neymar.
Que Miroslav Klose es el máximo goleador de la historia de los Mundiales.
Que es cierto: en ese 1-7 marcó su gol número 16 y superó al brasileño Ronaldo, que tenía 15. La ironía la puso el escenario: lo consiguió en Brasil, contra Brasil, en la peor noche del fútbol brasileño. Klose repartió esos 16 goles en cuatro Mundiales, de 2002 a 2014. El récord sigue en pie.
Que el 1-7 superó en dolor a la derrota de 1950.
Que en Brasil no hay consenso, y los que vivieron las dos cosas suelen decir lo contrario. El 1-7 fue más humillante en lo deportivo; el Maracanazo fue más doloroso porque llegó cuando el país se creía ya campeón, delante de 200.000 personas y en una final. Además hubo una diferencia decisiva: en 2014 Brasil seguía siendo pentacampeón; en 1950 no había ganado nada todavía. La comparación funciona bien en los titulares y mal en la realidad.
Quedó la tecnología: 2014 estrenó la línea de gol automática, la que llevaba haciendo falta desde 1966. Quedó la primera victoria europea en suelo americano — ningún equipo de Europa había ganado nunca un Mundial en América. Y quedó una goleada que en Brasil todavía se nombra con cuidado.

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