Inglaterra llevaba desde 1863 diciéndole al mundo que el fútbol era suyo, y llevaba desde 1950 tragándose que un tal Zarra la echara de un Mundial. En 1966 le tocaba organizarlo en casa. Y ganó. Pero pocas victorias han venido con tanta letra pequeña.
En marzo de 1966, cuatro meses antes del torneo, la Copa Jules Rimet estaba expuesta en una muestra de sellos en Londres. Y desapareció. Robada. Scotland Yard en estado de pánico y un país entero en ridículo antes de empezar su propio Mundial.
Apareció una semana después, el 27 de marzo, envuelta en papel de periódico debajo de un seto en el sur de Londres. La encontró un perro mestizo blanco y negro que se llamaba Pickles mientras paseaba con su dueño.
Pickles se hizo famosísimo: lo invitaron al banquete de celebración del título, salió en una película y recibió una medalla. Hoy hay una placa conmemorativa en el lugar donde la olfateó.


Nadie sabía nada de Corea del Norte. Era un país cerrado que jugaba su primer Mundial y al que muchos daban por goleado de antemano. Empató con Chile y, el 19 de julio en Middlesbrough, ganó 1-0 a Italia con gol de Pak Doo-ik. Italia, dos veces campeona del mundo, eliminada en primera fase por un equipo del que no existían ni fotos decentes.
El público de Middlesbrough adoptó a los coreanos y llenó los estadios para verlos. En cuartos llegaron a ir ganando 3-0 a Portugal a los veinticinco minutos… y perdieron 5-3, con cuatro goles de Eusébio.
Y hay una ausencia que conviene contar: todo el continente africano boicoteó este Mundial. La FIFA daba una sola plaza a repartir entre África, Asia y Oceanía, y las federaciones africanas se negaron a jugar la clasificación. Fue el empujón que acabó dando a África su plaza propia.
30 de julio, Wembley lleno. Alemania se adelantó, Hurst empató, Peters puso el 2-1 inglés y los alemanes empataron en el último minuto. Prórroga.
Minuto 101. Hurst engancha un balón, el disparo pega en el larguero, bota en la línea y sale despedido. El árbitro suizo Gottfried Dienst no lo tiene claro, va a consultar con el juez de línea Tofiq Bahramov y este asiente. Gol. Hurst marcó otro más en el 120' y cerró el 4-2.
Geoff Hurst es, todavía hoy, el único futbolista que ha marcado tres goles en una final de un Mundial.
Que el balón botó dentro y el gol fue legal. O, según de qué lado se cuente, que fue el mayor robo de la historia.
Que los análisis modernos apuntan mayoritariamente a que el balón no cruzó del todo la línea. Han hecho estudios con fotogrametría desde varias universidades y el resultado más citado es que faltaron unos centímetros. Pero conviene decir también lo otro: las imágenes de 1966 no tienen la calidad ni los ángulos para cerrar el asunto con certeza absoluta, y por eso sesenta años después se sigue discutiendo. Lo que no discute nadie es que con la tecnología de hoy — con la línea de gol automática — aquello no se habría dado por válido sin comprobarlo.
Que a Tofiq Bahramov le preguntaron años después por qué concedió el gol y contestó una sola palabra: «Stalingrado». Es decir, venganza contra los alemanes por la guerra.
Que es la anécdota más repetida del partido y la peor documentada. Circula en decenas de versiones, todas de segunda mano, y no hay ninguna fuente sólida en la que él lo diga. Además hay un error de bulto que casi todo el mundo repite: Bahramov no era ruso, era azerbaiyano. En Bakú, donde el estadio nacional lleva su nombre, la historia se cuenta con bastante menos entusiasmo que en Londres.
Que al volver a casa tras caer con Corea del Norte, los jugadores italianos fueron recibidos a tomatazos.
Que el recibimiento hostil está fuera de duda — la eliminación fue un escándalo nacional y la selección aterrizó de madrugada en Génova para evitar a la gente —, pero el detalle concreto de los tomates cambia según la fuente: aeropuerto, ciudad, cantidad y hasta si fueron tomates u otra cosa. Es de esas historias que todo el mundo da por buena y nadie ha fijado con una fuente de la época.
A Inglaterra le quedó su única estrella, que sesenta años después sigue siendo única. A Alemania le quedó una espina que se sacó en 2010, cuando Frank Lampard marcó un gol contra Alemania que sí entró clarísimo y que el árbitro no concedió — la simetría es tan perfecta que parece escrita. Y al fútbol le quedó la lección: aquel 2010 fue el empujón definitivo para que la FIFA aceptara la tecnología en la línea de gol.
A Corea del Norte le quedó Middlesbrough, que sigue queriendo a aquel equipo. Y a Pickles, una placa.

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