Hasta aquí, esta serie ha ido en blanco y negro. El gol fantasma de Wembley lo vimos en gris y con mala definición, y por eso todavía se discute. En 1970 el fútbol cambia de color, literalmente: llega el satélite, llega la televisión en color y por primera vez el planeta entero ve lo amarilla que es la camiseta de Brasil.

La leyenda dice que Brasil juntó a los cinco mejores dieces de su liga en el mismo equipo: Pelé, Gérson, Tostão, Rivelino y Jairzinho. Sobre el papel era una barbaridad — cinco jugadores creativos, ninguno defensivo — y muchos pensaron que no podía funcionar. Funcionó tan bien que sigue siendo la referencia con la que se mide cualquier equipo.
Jairzinho hizo algo que no ha repetido nadie: marcó en los seis partidos del torneo, final incluida. Ganó el Mundial entero marcando siempre.
Y lo curioso de Pelé en este torneo es que sus jugadas más recordadas no acabaron en gol: el disparo desde el centro del campo contra Checoslovaquia que se fue rozando el palo, el amago sin tocar el balón ante el portero uruguayo Mazurkiewicz, y sobre todo el cabezazo que le sacó Gordon Banks en un partido contra Inglaterra. Esa parada es, todavía hoy, la que aparece en todas las listas de mejores paradas de la historia.
En la fase de clasificación de este Mundial pasó algo que se cuenta siempre mal. En julio de 1969, El Salvador y Honduras se enfrentaron en una eliminatoria y poco después estalló entre los dos países un conflicto armado de unas cien horas que se conoce como la Guerra del Fútbol.
El nombre ha hecho mucho daño a la comprensión de lo que pasó. Los partidos fueron el detonante y el pretexto, no la causa: detrás había años de tensión por la migración de campesinos salvadoreños a Honduras, por la reforma agraria hondureña que los expulsaba de sus tierras y por una frontera sin delimitar. El fútbol puso la chispa a un polvorín que ya estaba montado.
Tres cosas que hoy damos por hechas nacieron aquí.
Las tarjetas amarilla y roja. Se estrenaron en este Mundial. La idea era de Ken Aston, el árbitro inglés que había sufrido la Batalla de Santiago en 1962 — se le ocurrió el código de colores parado en un semáforo, buscando una forma de que un jugador entendiera que estaba amonestado aunque no hablara el idioma del árbitro. Curiosamente, en México 70 no se sacó ninguna roja.
Los cambios. Por primera vez se permitieron dos sustituciones por equipo. Hasta entonces, si te lesionabas, tu equipo jugaba con uno menos — y eso explica media docena de historias de los capítulos anteriores.
Y el calor. Los partidos se jugaban al mediodía, con temperaturas brutales y en altitud, para que se vieran en horario de máxima audiencia en Europa. Es la primera vez que se ve con claridad que el negocio televisivo manda sobre el calendario.
La semifinal entre Italia y Alemania Federal, en el Azteca, acabó 4-3 para Italia. Los 90 minutos terminaron 1-1 y en la prórroga se marcaron cinco goles.
La imagen que quedó es la de Franz Beckenbauer jugando con el brazo pegado al cuerpo con un cabestrillo, con el hombro dislocado, porque Alemania ya había gastado sus dos cambios. Aguantó así el resto del partido.
Hay una placa en el Azteca que lo recuerda. Es el único partido de fútbol del mundo con una placa conmemorativa en el estadio donde se jugó.

21 de junio, Azteca, más de 107.000 personas. Brasil contra la Italia del catenaccio, el equipo más defensivo del torneo. 4-1.
Y el cuarto gol, el de Carlos Alberto, es probablemente la jugada más analizada de la historia del fútbol: una acción larguísima en la que interviene casi todo el equipo, con Clodoaldo regateando a cuatro italianos, y que acaba con el pase de Pelé sin mirar — dejando el balón muerto a la derecha, donde sabía que venía su capitán — y un zapatazo desde la banda.
No es solo un golazo. Es la demostración en un minuto de por qué aquel equipo se recuerda como se recuerda.


Que un partido de clasificación para este Mundial provocó una guerra entre El Salvador y Honduras.
Que la guerra existió y los partidos la desencadenaron, pero las causas eran otras y venían de lejos: cientos de miles de salvadoreños habían emigrado a Honduras, la reforma agraria hondureña empezó a expulsarlos, la frontera llevaba décadas sin delimitar y los dos gobiernos tenían problemas internos que tapar. El fútbol fue la excusa y la mecha. Llamarla «guerra del fútbol» es cómodo para un titular y muy injusto con lo que de verdad pasó allí.
Que 1970 fue el primero que se pudo ver en color.
Que es cierto en lo esencial — fue el primero retransmitido en color y vía satélite al mundo entero — pero conviene el matiz: existía material en color de torneos anteriores, y en algunos países las emisiones en color llegaron después. Lo que sí es indiscutible es el salto: en 1966 el planeta vio un Mundial en gris y en 1970 lo vio en amarillo, verde y azul. Ese contraste es real y explica buena parte del mito de este equipo.
Que Brasil se quedó el trofeo original en propiedad por ganar tres Mundiales.
Que es rigurosamente cierto: esa era la norma y Brasil la cumplió en 1970. Lo que casi nadie añade es el final de la historia. En 1983 la Copa Jules Rimet fue robada de la sede de la federación brasileña en Río de Janeiro y nunca se recuperó: se cree que la fundieron. El trofeo que Barassi había salvado escondiéndolo en una caja de zapatos durante la guerra acabó desapareciendo en tiempos de paz.
Quedó el jogo bonito como idea, quedó la camiseta amarilla como símbolo global y quedó una discusión que no se ha cerrado: si aquel Brasil es el mejor equipo que ha existido. Tiene rivales serios — la Hungría del 54, la Holanda del 74, la España del 2010 —, pero es el único que juntó el mejor fútbol con el mejor resultado.
Y quedó el final de una era. Pelé se retiró de la selección poco después. La siguiente revolución no iba a venir de Brasil, sino de un país pequeño del norte de Europa que estaba a punto de reinventar cómo se juega.

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