El Mundial del 34 fue el primero que un régimen usó como escaparate. El del 38 fue peor: aquí el fútbol ya no iba por detrás de la política, iba dentro. Un país entero desapareció entre el sorteo y el torneo, España no pudo ni presentarse y la final se jugó a catorce meses de que empezara la guerra.

El sorteo se celebró en París el 5 de marzo de 1938. Diez días después, Alemania se anexionaba Austria: el Anschluss. Austria estaba clasificada, tenía uno de los mejores equipos de Europa y de repente ya no era un país.
Se retiró, claro. Y su plaza se quedó vacía, así que Suecia pasó a cuartos de final sin jugar. Es la única incomparecencia de la historia de las fases finales de un Mundial: un equipo que llega a cuartos sin haber tocado el balón.
Aquel Mundial arrancó, por tanto, con 15 selecciones en vez de 16.
Los nazis quisieron aprovechar la anexión para montar una superselección. Hay documentada una consigna de cuota — seis alemanes y cinco austríacos en el once — y el seleccionador Sepp Herberger llegó a convocar a 38 jugadores, quince de ellos austríacos, para elegir.
Salió al revés. Alemania empató 1-1 con Suiza en el partido inaugural y perdió el desempate 4-2, remontando los suizos un 0-2 ante un público parisino que les tiraba botellas. Eliminada en primera ronda. No volvería a caer tan pronto hasta 2018.
El propio Herberger dijo después que se había visto «forzado» a incluir austríacos y culpó a su «actitud derrotista». Un periodista alemán de la época lo resumió mejor: alemanes y austríacos prefieren jugar unos contra otros aunque estén en el mismo equipo.

Esto casi nunca se cuenta bien: España no fue excluida, España se inscribió y tuvo que retirarse. Venía de hacer cuartos en 1934, de eliminar a Brasil y de plantarle cara a Italia con Zamora, Quincoces, Lángara e Iraragorri. Era una selección de verdad, y se quedó sin Mundial porque el país estaba en guerra.
Durante aquellos años la selección española sencillamente no existió. Lo más parecido a un combinado nacional de gira fue la selección de Euzkadi, que recorrió Europa y América entre 1937 y 1938 recaudando fondos para la República.
Y hay un detalle precioso de lo mucho que pesó nuestra guerra en aquel Mundial: Suiza se negó a viajar a Lisboa para jugar la eliminatoria contra Portugal porque eso significaba atravesar la España en guerra. ¿Solución? El partido se jugó en Milán. La Guerra Civil movió de país una eliminatoria mundialista.
5 de junio, Estrasburgo, bajo un diluvio. Brasil ganó 6-5 en la prórroga en el partido con más goles de un Mundial hasta entonces. El polaco Ernest Wilimowski marcó cuatro — y perdió. Sigue siendo el único futbolista que mete cuatro en un partido de Mundial y se va eliminado.
Dato de camisetas para los frikis: los dos equipos vestían de blanco, así que Brasil jugó con su equipación de entrenamiento azul. Fue la primera vez que Brasil vistió de azul en un partido oficial. Veinte años después, en la final de 1958, el azul le daría el primer Mundial.

En cuartos, Brasil y Checoslovaquia empataron 1-1 en un partido que pasó a la historia por lo que pasó fuera del balón: tres expulsados — los primeros de la historia de los Mundiales —, el portero Plánička terminó con el brazo derecho roto (y siguió jugando la prórroga) y Nejedlý con la pierna rota.
Como no había penaltis, hubo que repetir el partido dos días después. Brasil ganó 2-1. Fue el último partido de repetición de la historia de los Mundiales: nunca ha vuelto a hacer falta.
Aquí hay que ser exacto, porque se cuenta mal en todas partes. Italia jugó de negro una sola vez, en cuartos de final contra Francia, el 12 de junio en Colombes. No fue en la final ni contra Brasil.
Y el cambio de camiseta no fue una idea para provocar: los dos equipos vestían de azul, se echó a suertes quién cambiaba e Italia perdió el sorteo. Lo provocador fue lo que vino después: pudiendo usar su segunda equipación de siempre, que era blanca, se ordenó jugar con una camiseta negra con el haz de lictores fascista en el pecho. Ganó Italia 3-1 y eliminó a la anfitriona.
Pero la escena de verdad de aquel Mundial fue otra, y la contó el propio Pozzo en sus memorias. En el debut contra Noruega, en Marsella, había unos 10.000 exiliados italianos en la grada. Los jugadores hicieron el saludo fascista y les cayó una pitada monumental. Pozzo ordenó mantener el brazo en alto hasta que se callaran. Cuando bajaron el brazo y volvieron los silbidos, ordenó repetirlo: «Equipo, listos. Saludo».
19 de junio de 1938, Colombes, 45.000 espectadores. Italia 4-2 Hungría, con doblete de Colaussi y doblete de Piola. Al descanso ya era 3-1. El presidente francés Albert Lebrun entregó la Copa a Giuseppe Meazza.
Curiosidad de la organización: la final y el partido por el tercer puesto se jugaron el mismo día a la misma hora. Mientras Italia ganaba en París, en Burdeos Brasil remontaba un 0-2 y ganaba 4-2 a Suecia.


Que el Diamante Negro se inventó la chilena y la enseñó al mundo en este Mundial.
Que no. Leônidas es uno de varios candidatos a popularizarla, y las fechas que se le atribuyen son 1932 y sobre todo 1948. La pista más antigua lleva a Ramón Unzaga, nacido en Bilbao en 1894 y emigrado a Chile de niño, al que se sitúa ejecutándola en Talcahuano en 1914 — de ahí que la prensa argentina la bautizara «la chilena». Perú reclama la «chalaca» todavía antes. Lo que sí hizo Leônidas fue hacerla famosa en Brasil.
Que se le rompió la bota, siguió descalzo y marcó, y que el árbitro no lo vio por el barro.
Que el gol descalzo es razonablemente sólido — la versión mejor sostenida lo sitúa en el minuto 93, con la bota derecha perdida en el barro y con Brasil jugando con medias negras, lo que ayudó a que no se notara. Pero hay al menos cuatro versiones distintas de cómo ocurrió: que el gol fue anulado, que se descalzó a propósito al empezar, que se quitó las dos botas, que se las estaban arreglando. El hecho aguanta; el cómo, no.
Que Brasil estaba tan seguro de ganar la semifinal a Italia que reservó a su estrella para la final. Arrogancia castigada.
Que es falso, y está desmentido desde 1938. Leônidas estaba lesionado: salió tocado del 6-5 a Polonia, jugó los 120 minutos de la Batalla de Burdeos y el desempate, y no llegó. Además su suplente natural, Niginho, estaba inhabilitado porque la federación italiana había avisado a la FIFA de su situación irregular. El propio Leônidas escribió una carta aclarando que el seleccionador no tuvo elección. Lo que sí fue chulería: Brasil ya tenía reservados los billetes de avión de Marsella a París para la final, y Pozzo lo usó para motivar a los suyos. Al perder, Brasil se negó a venderle los pasajes a Italia, que tuvo que ir en tren.
Que Mussolini mandó a los jugadores un telegrama antes de la final con dos palabras: vincere o morire.
Que no hay ni rastro del telegrama en ningún archivo. Pietro Rava, el último superviviente de aquel equipo, lo desmintió expresamente en una entrevista en 2001: «No, no, no, eso no es verdad. Mandó un telegrama deseándonos suerte, pero nunca “vencer o morir”». Rava murió en 2006 y contó también algo que no encaja con la leyenda: Mussolini nunca llegó a levantar el trofeo.
Matthias Sindelar era el capitán del Wunderteam austríaco, el mejor futbolista de su país del siglo XX. Cuando Alemania absorbió a Austria y montó su selección conjunta, él se negó a jugar, alegando la edad y las lesiones. Por eso no estuvo en Francia.
Murió el 23 de enero de 1939 en su piso de Viena junto a su novia. El veredicto oficial fue intoxicación por monóxido de carbono, y ahí empieza el problema: conviven tres hipótesis — accidente, suicidio y asesinato — y ninguna está probada. La Gestapo tenía un expediente sobre él. Un vecino había denunciado días antes una chimenea defectuosa. Un amigo suyo declaró décadas después que se sobornó a un funcionario para registrarlo como accidente.
Lo que sí conviene desmentir, porque se repite mucho: Sindelar no era judío. La confusión viene de que su club, el Austria Viena, era el de la burguesía judía vienesa.


La guerra canceló los Mundiales de 1942 y 1946. Eso convirtió a Italia en campeona del mundo durante dieciséis años seguidos, de 1934 a 1950: un récord que no va a batir nadie.
Y hay una historia que explica por qué la Copa Jules Rimet llegó entera a 1950. El dirigente italiano Ottorino Barassi, vicepresidente de la FIFA, sacó el trofeo de la caja fuerte de un banco romano y lo escondió durante toda la guerra en una caja de zapatos debajo de su cama. Si la copa existe todavía en las fotos del Maracaná es por eso.
Opina como en la caja de comentarios de YouTube, pero en casa. Sé educado, guaje, que esto lo lee gente de bien.