En el primer Mundial el problema fue que no venía nadie. Cuatro años después el problema fue el contrario: venían todos, y el anfitrión no pensaba perder. Italia 1934 es el capítulo en el que el fútbol descubre que sirve para algo más que jugar — y es, con diferencia, el Mundial más incómodo de contar de los 23.

La candidatura la presentó la federación italiana, pero detrás estaba el Gobierno de Benito Mussolini, que llevaba doce años en el poder y vio el torneo como lo que efectivamente fue: un escaparate mundial para vender los supuestos logros del fascismo. El comité organizador se gastó 3,5 millones de liras y preparó ocho sedes — Bolonia, Florencia, Génova, Milán, Nápoles, Roma, Turín y Trieste — con estadios nuevos o reformados. Dos de ellos se llamaban, sin disimulo, Estadio Benito Mussolini (Turín) y Estadio Nacional del Partido Nacional Fascista (Roma).
El país se llenó de carteles con futbolistas haciendo el saludo fascista, y a los partidos de Italia acudían miembros destacados del Gobierno y de los camisas negras. Pozzo, el seleccionador, recibía telegramas instándole a ganar. No es interpretación posterior: varios de aquellos jugadores lo reconocieron años después.
Uruguay había ganado en 1930 y no apareció. El motivo era una factura pendiente: cuando los uruguayos organizaron el primer Mundial y rogaron a los europeos que cruzaran el Atlántico, Italia fue una de las que dijo que no. Así que en el 34 devolvieron el golpe y no viajaron.
El dato, casi cien años después, sigue intacto: Uruguay es el único campeón del mundo que no ha defendido su título. Ha pasado una vez en la historia y fue aquí.
Tampoco fueron las cuatro asociaciones británicas — Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte —, que por entonces andaban peleadas con la FIFA y seguían a lo suyo con su British Home Championship. Argentina estuvo a punto de no ir, y cuando rectificó se encontró con que sus clubes profesionales no soltaban a nadie: viajó a Europa con un equipo completamente amateur. Duró un partido.
Se apuntaron 32 países para 16 plazas, así que por primera vez hubo fase de clasificación. Y aquí va una rareza que no se ha repetido nunca: estaban obligadas todas las selecciones, también la organizadora. Italia tuvo que jugarse su entrada en su propio Mundial ante Grecia. Ganó 4-0 en Milán y la vuelta ni se disputó, pero técnicamente el anfitrión pasó por la fase previa.
Hubo más rarezas de organización. La última plaza, la de Norteamérica, se decidió entre Estados Unidos y México… en Roma, tres días antes de que empezara el torneo: ganó Estados Unidos 4-2 y estrenó el Mundial agotada, cayendo 7-1 ante Italia. Y Egipto se convirtió en el primer equipo africano de la historia en jugar un Mundial, tras eliminar a una selección de Palestina.
El formato también era distinto a todo lo que conocemos: nada de fase de grupos. Eliminatoria directa desde octavos, los dieciséis partidos de primera ronda el mismo día y a la misma hora. Pierdes y te vuelves a casa. Brasil y Argentina hicieron el viaje en barco para jugar noventa minutos.
Ya en 1931, antes incluso de que le dieran el Mundial, Italia había abierto la puerta a los sudamericanos con ascendencia italiana, los llamados oriundi. La federación convenció a cinco: los argentinos Luis Monti, Raimundo Orsi, Enrique Guaita y Attilio Demaría, y el brasileño Anfilogino Guarisi.
El caso de Monti es de los que no se repiten. Jugó la final de 1930 con Argentina, la perdió contra Uruguay, y cuatro años después jugó la final de 1934 con Italia y la ganó. Es el único futbolista de la historia que ha disputado dos finales de un Mundial con dos países distintos — y encima consecutivas.


Que Mussolini obligó a varios futbolistas argentinos a hacerse italianos para reforzar la selección de cara al Mundial.
Que no hubo tal fuerza: eran hijos y nietos de italianos que ya jugaban en el calcio, fueron convencidos por la federación y bien pagados, y algunos hasta hicieron el servicio militar italiano. Lo que sí hubo fue trampa reglamentaria: el periodista Alfredo Relaño recuerda en Tantos mundiales, tantas historias que la norma de la FIFA de entonces exigía tres años de residencia para cambiar de selección, y ni Monti ni Demaría los cumplían — habían sido internacionales con Argentina en julio de 1931. La FIFA les dejó jugar igual.
España llegó fuerte. En octavos eliminó a Brasil por 3-1 con goles de Iraragorri y Lángara, y Ricardo Zamora paró el primer penalti de la historia de los Mundiales. En cuartos le tocó Italia en el Giovanni Berta de Florencia, y lo que pasó allí todavía se cuenta en España.
Fue un partido brutal, físicamente salvaje. Regueiro adelantó a España pasada la media hora, Ferrari empató antes del descanso y la prórroga no movió el 1-1. Como no había penaltis, había que repetir el partido al día siguiente.
Y ahí se acabó todo. Siete de los once titulares españoles no pudieron jugar el desempate por lesión o agotamiento. Entre ellos Zamora, con dos costillas rotas. Italia ganó 1-0 con un gol de Meazza en el que España reclamó falta sobre el portero, y el árbitro suizo René Mercet anuló además dos goles españoles, a Regueiro y a Quincoces.

En semifinales Italia se cruzó con Austria, el famoso Wunderteam de Hugo Meisl y Matthias Sindelar, que desde 1931 solo había perdido dos partidos y era el equipo más admirado de Europa. Pero llegaba tocado: sin su organizador Johann Horvath por lesión, y en un San Siro embarrado que no le iba nada a su fútbol de toque.
Meisl se lo dijo a Pozzo, que era amigo suyo, antes del partido: «no tenemos ninguna opción». Ganó Italia 1-0 con gol de Guaita — otro oriundo — a los nueve minutos, en una jugada en la que los austríacos reclamaron falta sobre su portero. Y se acabó el Wunderteam.

10 de junio de 1934, Roma, más de 50.000 personas y un calor de justicia. Mussolini, en el palco y de uniforme militar. Antes del partido había reunido a los jugadores y les había pedido la victoria a toda costa; algunos declararon después que aquello no sonó a arenga, sonó a amenaza.
Los italianos hicieron el saludo fascista en el círculo central, como era costumbre entonces. Los checoslovacos se quedaron quietos. Y entonces pasó lo que nadie esperaba: el árbitro sueco Ivan Eklind también levantó el brazo. Según se supo más tarde, a petición de las autoridades.
El partido fue mucho más igualado de lo que Italia quería. Antonín Puč adelantó a Checoslovaquia en el minuto 71 y los locales se vieron el desastre encima. Faltando nueve minutos, Orsi empató. Y en el minuto 95, ya en la prórroga, Angelo Schiavio hizo el 2-1 con el rival fundido. Italia, campeona del mundo por primera vez.

Esta es la mejor anécdota del Mundial y encima está documentada. El gol del empate de Raimundo Orsi fue un disparo con un efecto imposible, de esos que se van a la escuadra por donde no debería irse ninguna pelota. Al día siguiente los fotógrafos le pidieron que lo repitiera para sacarle la foto buena, y Orsi volvió al estadio, se puso en el mismo sitio y chutó.
Y falló. Y volvió a fallar. Lo intentó más de veinte veces y no le salió ni una. Se fue de allí sin la foto.

Que Mussolini le dijo al seleccionador: «Señor Pozzo, usted es el único responsable del éxito… pero que Dios le ayude si fracasa». Es la cita que se repite en cada reportaje sobre este Mundial.
Que la presión existió y está probada — Pozzo recibía telegramas exigiéndole ganar, Mussolini reunió al equipo antes de la final para pedir la victoria a toda costa y varios jugadores dijeron después que se sintieron amenazados —, pero de esa frase concreta no hay una fuente de primera mano. Circula atribuida, sin acta ni testigo que la firme. La presión es historia; la cita literal, por ahora, leyenda.
Que el régimen colocaba a los colegiados que le convenían y que por eso Italia ganó.
Que varios historiadores y medios sostienen que hubo influencia del Gobierno, pero el único hecho duro y verificable es este: la federación suiza sancionó a perpetuidad a René Mercet, el árbitro del desempate contra España, por su actuación en ese partido. En cambio, el sueco Eklind y el belga Baert, muy criticados por la final, siguieron arbitrando y fueron invitados al Mundial de 1938 — así que la versión de que «los castigaron a todos» no se sostiene. Lo que está fuera de duda es el brazo en alto de Eklind antes del pitido inicial.
Que el máximo goleador del torneo fue el checoslovaco Oldřich Nejedlý, y durante setenta años la cifra oficial fue de cuatro goles.
Que eran cinco. La propia FIFA corrigió el registro en noviembre de 2006, más de setenta años después, tras revisar los partidos. Si ves un libro antiguo que pone cuatro, no está mintiendo: está desactualizado.
Deportivamente, mucho más de lo que parece. Vittorio Pozzo venía trabajando desde 1929 y en Italia 1934 puso en pie el llamado Método: dos centrales escalonados, los medios de banda más retrasados y protagonismo de los interiores. Suena a arqueología, pero es una de las raíces del fútbol defensivo moderno. Pozzo siguió de seleccionador hasta 1948 y ganó también el Mundial de 1938: sigue siendo el único entrenador que ha ganado dos Copas del Mundo.
Fue además el primer Mundial con partido por el tercer puesto — lo ganó Alemania 3-2 a Austria en Nápoles — y el que puso el fútbol italiano en el mapa. Seis meses después, la azzurra fue a Londres a jugar contra Inglaterra la llamada «Batalla de Highbury»: perdió 3-2, pero dejó claro que el dominio británico se había acabado.
Y políticamente dejó el precedente incómodo: la prueba de que un Mundial se puede usar como altavoz de un régimen. Cuatro años después, en Francia, los tambores sonarían todavía más fuerte.
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