2018 es el Mundial de las despedidas raras y de los equipos que no tocaba. Y también en el que el fútbol aceptó por fin que un árbitro pudiera ver la repetición.

España llegaba en un gran momento, invicta desde hacía dos años. Y entonces, a dos días del debut, se anunció que Julen Lopetegui sería el entrenador del Real Madrid la temporada siguiente. El presidente de la Federación, Luis Rubiales, lo destituyó al día siguiente, en plena concentración.
Fernando Hierro cogió el equipo de urgencia. España empató 3-3 con Portugal, ganó a Irán, empató con Marruecos y cayó en octavos en los penaltis contra la anfitriona, tras un partido en el que dio 1.000 pases y casi ningún remate.
Es probablemente la eliminación más criticada de la historia reciente de la selección, y la discusión sobre si el despido lo estropeó todo sigue abierta.
Rusia 2018 fue el primer Mundial con videoarbitraje. Se revisaron decenas de jugadas y se señalaron 29 penaltis, muchos más que en cualquier Mundial anterior — el récord anterior eran 18.
El primer penalti señalado por el VAR en un Mundial se lo pitaron a Francia contra Australia. Y el VAR también intervino en la final: mano de Perišić en el área croata, penalti, gol de Griezmann.
La historia deportiva del torneo es la de Croacia. Un país con menos población que Andalucía que ganó su grupo, eliminó a Dinamarca en penaltis, a Rusia en penaltis y a Inglaterra en la prórroga. Jugó tres prórrogas seguidas: 360 minutos de más antes de la final.
Luka Modrić se llevó el Balón de Oro del Mundial. Es el mejor resultado de la historia de su país y probablemente el mayor sobreesfuerzo físico que se recuerda en un torneo.


Que el videoarbitraje eliminaría los errores y las discusiones.
Que corrigió errores claros, y eso es medible — la FIFA cifró la precisión de las decisiones en más del 99% con VAR frente al 95% sin él —, pero no eliminó la polémica, porque desplazó la discusión del «¿lo vio?» al «¿qué es mano?». Ocho años después seguimos discutiendo exactamente lo mismo con más cámaras. Lo que sí desapareció del todo son los goles fantasma y los fueras de juego groseros.
Que España se fue del Mundial por el despido, o al contrario, que el despido no tuvo nada que ver.
Que ninguna de las dos versiones aguanta sola. A favor de la primera: el equipo perdió a su entrenador dos días antes, sin plan B, y jugó sin una idea reconocible. En contra: España no perdió ningún partido en los 90 minutos en todo el torneo y cayó en una tanda de penaltis, que es una lotería. Lo honesto es decir que el despido creó un caos evitable y que la eliminación se decidió en una tanda. Quien lo use como explicación total, en un sentido o en otro, está eligiendo la versión que le conviene.
Que la campeona del mundo se fue en la primera fase por relajación y exceso de confianza.
Que el dato duro está ahí: perdió con México, ganó a Suecia en el descuento y perdió 2-0 con Corea del Sur. Fue la tercera campeona vigente seguida eliminada en la fase de grupos, después de Italia en 2010 y España en 2014. Eso ya no es un caso aislado: es un patrón. Las explicaciones que manejan los analistas son más prosaicas que la soberbia — generaciones que envejecen a la vez, desgaste de temporadas larguísimas y la dificultad de renovar un equipo campeón — pero «se relajaron» siempre vende más.
Quedó la segunda estrella francesa y una generación — Mbappé tenía 19 años y marcó en la final — que volvería a la final en 2022. Quedó Croacia como el ejemplo de que el tamaño del país ya no decide nada. Y quedó el VAR, para siempre.

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