Franz Beckenbauer
«der Kaiser»
Nació en Múnich en septiembre de 1945, cuatro meses después del final de la guerra, en una ciudad en ruinas. Su padre era cartero.
De niño era del 1860 de Múnich, no del Bayern, y él mismo contó mil veces por qué acabó en el otro lado: en un partido de juveniles contra el 1860 un rival le pegó una bofetada, y aquello le quitó las ganas de ponerse esa camiseta. Se fue al Bayern, que entonces era el club pequeño de la ciudad. Con él dentro dejó de serlo.
Antes de Beckenbauer, el último defensa despejaba. Con él, el último defensa empezaba el ataque: recibía de espaldas, se giraba y subía el balón andando, buscando la línea de pase en vez del balonazo. Elegante hasta el punto de que el apodo, Kaiser, se lo pusieron por cómo se movía, no por lo que ganaba.
Esa idea —que el que menos riesgo debe correr sea el que empieza el juego— es la raíz de casi todo lo que hoy se pide a un central. Sin ese invento no se entienden ni Guardiola ni los centrales que hoy salen jugando desde su área.
Jugó tres Mundiales y los tres son historia por motivos distintos.
En 1966 perdió la final en Wembley contra Inglaterra, la del gol fantasma que todavía se discute. Tenía veinte años.
En 1970, en la semifinal contra Italia en el Azteca —el 4-3 de la prórroga, el «partido del siglo»—, se dislocó el hombro. Alemania ya había hecho los dos cambios que permitía el reglamento. Se ató el brazo al cuerpo con un cabestrillo y jugó así lo que quedaba, prórroga incluida. La fotografía de Beckenbauer vendado en mitad del campo es una de las imágenes de las que vive el fútbol.
En 1974, en casa, fue el capitán que levantó la Copa después de ganar la final a la Holanda de Cruyff. Ese mismo verano su Bayern empezaba una racha de tres Copas de Europa seguidas.
En 1977 se fue al New York Cosmos, donde coincidió con Pelé y con Carlos Alberto en el proyecto más extravagante que había tenido el fútbol hasta entonces. Estuvo cuatro temporadas y ganó tres títulos de la liga norteamericana.
Volvió a Alemania para retirarse en el Hamburgo, ganando una Bundesliga más en 1982.
Sin apenas experiencia como entrenador, la federación lo puso al frente de la selección en 1984. Perdió la final del Mundial de 1986 contra la Argentina de Maradona y ganó la de 1990 contra Argentina, en Roma.
Con eso entró en un club de tres: campeón del mundo como jugador y como seleccionador. Antes lo había conseguido Mário Zagallo y después lo ha hecho Didier Deschamps. Nadie más.
Fue el hombre que llevó el Mundial de 2006 a Alemania y presidió su organización. Años después, la revista Der Spiegel destapó un pago de 6,7 millones de euros cuyo destino no cuadraba, y se abrieron investigaciones en Alemania y en Suiza sobre cómo se había conseguido la sede.
Beckenbauer siempre negó haber comprado nada y reconoció un error en la gestión de aquel dinero. El proceso suizo prescribió en 2020 sin sentencia, y él murió en enero de 2024 sin que ningún tribunal llegara a pronunciarse sobre su responsabilidad.

Delantero de Bilbao que jugó en casi todos los sitios donde se podía jugar en España: Athletic, Atlético, Barcelona, Deportivo, Sporting de Gijón y Alavés. En el Barça fue uno de los hombres del Dream Team de Cruyff: cuatro Ligas seguidas y la Copa de Europa de Wembley en 1992, final que jugó de titular.
Llegó a El Molinón en 1995, con treinta y tres años y la etiqueta de acabado. Aquella primera temporada marcó dieciocho goles en Liga y cuatro más en Copa, y con esos goles volvió a la selección para la Eurocopa de 1996. Pocos jugadores se han resucitado a sí mismos tan tarde.
Fue internacional 56 veces y jugó tres Mundiales. Y arrastra una injusticia enorme: se le recuerda más por una ocasión que falló contra Italia en los cuartos de Estados Unidos 94 que por los veintidós goles que sí metió con España. Aquel partido, por cierto, es el del codazo de Tassotti a Luis Enrique que el árbitro no vio.

Lateral francés del Barcelona de Guardiola, un futbolista que se hizo indiscutible en un equipo donde era dificilísimo serlo.
En marzo de 2011 se le detectó un tumor en el hígado y lo operaron. Dos meses y medio después jugó la final de la Champions en Wembley contra el Manchester United. Al acabar, Carles Puyol, que era el capitán, se quitó el brazalete y se lo dio para que levantara él la copa. Es uno de los gestos más recordados del fútbol reciente.
Al año siguiente necesitó un trasplante de hígado. Volvió a jugar en abril de 2013, casi un año después, y todavía siguió dos temporadas más en activo.
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