Quini
«El Brujo» 🔴⚪ DEL SPORTING
Nació en Oviedo el 23 de septiembre de 1949, pero su infancia fue de Avilés. La familia se mudó al poblado de Llaranes, el barrio que ENSIDESA levantó para sus obreros, cuando él tenía cinco años; su padre trabajaba en la siderúrgica. Del padre heredó también el apodo: el padre ya era «Quini».
Fue el mayor de tres hermanos y los tres acabaron en el fútbol. Jesús fue portero del Sporting durante diecisiete temporadas —murió ahogado en 1993— y Rafael, «Falo», defendió la portería del filial. Enrique empezó a jugar con los salesianos, en un campo de carbonilla que él mismo recordaba así: «mi primer campo de fútbol fue La Carbonilla, que como su nombre indica, era de carbón fino esparcido por encima del duro terreno».
En 1967 subió al C. D. Ensidesa, de Tercera. Y allí estuvo a punto de perderse: lo pusieron de extremo derecho y el gol desapareció. El Oviedo llegó a interesarse por él; su padre dijo que no, por no tener que viajar todos los días. Lo que le salvó la carrera fue un entrenador, José Luis Molinuevo, que lo devolvió al centro del ataque. En un partido contra el filial del Sporting marcó cuatro goles y los ojeadores gijoneses no necesitaron más.
El Sporting lo fichó el 9 de noviembre de 1968. Debutó el 22 de diciembre en el Benito Villamarín, derrota 1-0 contra el Betis. El domingo siguiente marcó su primer gol, de cabeza, al Racing de Ferrol. Estuvo quince temporadas en el club, repartidas en dos etapas: 1968-1980 y 1984-1987.
Quini ganó el trofeo Pichichi siete veces, un número que no ha igualado ningún otro español: cinco en Primera División —1973-74, 1975-76 y 1979-80 con el Sporting; 1980-81 y 1981-82 con el Barcelona— y otras dos en Segunda con el Sporting, en 1969-70 y 1976-77.
Ese detalle dice mucho de su carrera: fue máximo goleador de España jugando en un equipo que subía y bajaba. El primer Pichichi, veinticuatro goles en Segunda, vino con el ascenso de 1970 tras diez años en el pozo. El de 1975-76, veintiún goles, vino con un descenso: fue el máximo goleador de Primera y aun así el Sporting se fue a Segunda.
En Primera jugó 448 partidos y marcó 219 goles. Cuando se retiró era el cuarto máximo goleador histórico de la Liga, solo por detrás de Zarra, Di Stéfano y César. De esos 219, 165 los marcó con el Sporting, y ese sigue siendo el récord del club en la máxima categoría.
Con la selección fue distinto: treinta y cinco partidos y solo ocho goles. Debutó el 28 de octubre de 1970 contra Grecia, en La Romareda, entrando desde el banquillo y marcando. Jugó los Mundiales de Argentina 1978 y España 1982 y la Eurocopa de 1980, pero pocas veces con la libertad que tenía en el club: a menudo le mandaban marcar. Él lo contaba con retranca: en un España-Alemania de 1974 salió con el encargo de anular a Beckenbauer, España ganó 1-0, cumplió el encargo, y al día siguiente la prensa le puso un cero.
La parte de su carrera que casi nadie recuerda es la que estuvo a punto de acabarla. El 16 de febrero de 1972, en Hull, España jugaba contra Irlanda del Norte. Quini saltó a rematar un centro y un codazo de George Best le fracturó el pómulo izquierdo.
La Federación ordenó su traslado inmediato a España. Lo operaron en Madrid, en una intervención delicada que se hizo por dentro de la boca. Estuvo más de un año sin rendir y se perdió prácticamente entera la temporada 1972-73. Tenía veintidós años. La temporada siguiente ganó su primer Pichichi de Primera.
En 1974, con el derecho de retención vigente, Quini no podía irse aunque medio país lo quisiera. Frustrado, hizo unas declaraciones al diario catalán Dicen que la prensa gijonesa aireó y que sentaron como un tiro en Gijón.
El 7 de octubre de 1974, contra el Español, El Molinón lo recibió con una bronca monumental: en el calentamiento, al salir al campo, cada vez que tocaba el balón. Quini marcó cuatro goles. Al acabar el partido, el mismo estadio que lo había silbado noventa minutos antes lo despidió con una ovación.
El Barcelona de Cruyff lo había intentado ya en 1976, con una oferta que subió de cuarenta a cincuenta millones de pesetas. El Sporting dijo que no y Quini llegó a plantearse dejar el fútbol: tenía una oferta de una firma textil catalana y, según contó, si no se «arreglaba» lo dejaba.
Tardó cuatro años más. En junio de 1980 el Barcelona pagó 82 millones de pesetas y se lo llevó con treinta años recién cumplidos. Fue el fichaje del verano. Y funcionó: Pichichi en sus dos primeras temporadas en el Camp Nou, algo poco habitual a esa edad.
El 24 de enero de 1982, contra el Castellón, marcó de cabeza el gol número 3.000 del Barcelona en Primera División. En cuatro temporadas azulgranas ganó todos los títulos colectivos de su palmarés: dos Copas del Rey (1981 y 1983), la Recopa de Europa de 1982, la Copa de la Liga de 1983 y la Supercopa de España. La primera de esas Copas del Rey se la ganó, con dos goles suyos, a su propio Sporting.
El 1 de marzo de 1981 el Barcelona había goleado 6-0 al Hércules en el Camp Nou. Quini marcó dos. Al salir del estadio, camino del aeropuerto —su mujer y sus hijos llegaban esa noche de Asturias—, dos hombres lo encañonaron con una pistola, lo metieron en su propio coche y después en una furgoneta DKW. No eran terroristas: eran delincuentes comunes sin antecedentes que querían cien millones de pesetas.
Lo que vino después conmocionó al país. El vestuario del Barcelona se hundió: Bernd Schuster, que se había hecho íntimo del asturiano, dijo que no pensaba jugar —«además de piernas tengo corazón, solo quiero que vuelva Quini»— y la Federación se negó a aplazar nada. El equipo sacó un punto de cuatro partidos y perdió una Liga que tenía a tiro. Cuando Ramírez salió a sustituirlo en el Calderón, lo hizo con el 14 a la espalda en vez del 9 de Quini. Cinco mil personas esperaron al equipo en El Prat gritando «¡Quini, libertad!».
A los secuestradores los pilló la banca suiza. Habían pedido que los cien millones se ingresaran en una cuenta en Suiza, montando el paripé de que el Barcelona tenía que cobrar de la relojera Omega. La cooperación policial española y suiza consiguió levantar el secreto bancario y aparecer el titular de la cuenta: Víctor Manuel Díaz Esteban, electricista, veintiséis años. Cuando fue a sacar el primer millón de pesetas lo identificaron y lo detuvieron camino del aeropuerto. Confesó dónde estaba Quini.
A las diez de la noche del 25 de marzo la policía entró en un taller mecánico de la calle Jerónimo Vicens de Zaragoza y lo sacó de un zulo. A las dos y media de la madrugada llegaba a Barcelona en un SEAT 131, demacrado y con barba de veinticinco días, entre miles de personas.
Y entonces hizo lo que casi nadie esperaba: retiró la acusación y perdonó públicamente a sus secuestradores. El Barcelona siguió adelante con la causa y pidió treinta y cinco millones de indemnización y veintitrés años de cárcel. La sentencia, del 15 de enero de 1982, les impuso diez años de prisión y cinco millones de pesetas para el jugador. Quini renunció al dinero.
Volvió al campo y volvió a marcar. Aquella misma temporada el Barcelona ganó la Copa del Rey y él fue su máximo goleador, con once goles.
En 1984, a punto de cumplir treinta y cinco años, anunció su retirada. El Barcelona le organizó un partido homenaje que acabó siendo polémico: Quini quería que jugase Maradona, recién fichado por el Nápoles y amigo suyo, y el presidente José Luis Núñez se negó en redondo. Jugaron Cruyff, Kempes, Arconada, N'Kono, su hermano Castro. Maradona no.
Un mes después del homenaje cambió de idea. Volvió al Sporting y jugó tres temporadas más; su último partido de Liga fue el 14 de junio de 1987, contra el Barcelona. Luego se quedó en el club para siempre: ayudante técnico, delegado y, al final, representante institucional. «Mi vida está en este club y yo quiero morirme aquí», dijo en 2015.
Murió de un infarto el 27 de febrero de 2018. Al día siguiente el Ayuntamiento de Gijón aprobó por unanimidad que el estadio pasara a llamarse El Molinón-Enrique Castro «Quini». Al funeral fueron catorce mil personas. Está enterrado en el cementerio de La Carriona, en Avilés, al lado de su hermano Jesús. En 2024 le levantaron una estatua frente a la fachada principal del estadio.
Que el secuestro de 1981 fue obra de ETA, del GRAPO o de la extrema derecha. Es lo que se dio por hecho aquellos días y lo que mucha gente sigue repitiendo hoy.
Que no hubo ninguna organización detrás: fueron delincuentes comunes sin antecedentes que querían cien millones de pesetas, y los pillaron siguiendo el dinero hasta una cuenta suiza. El bulo tiene además un origen concreto y documentado: el 2 de marzo de 1981 La Vanguardia recibió una llamada falsa de alguien que decía representar a un «Batallón Catalano-Español» y justificaba el secuestro porque «un equipo separatista no puede ganar la Liga». Era mentira, pero España venía del golpe de Tejero —hacía ocho días— y todo el mundo pensó primero en el terrorismo. La realidad fue mucho más cutre: un zulo en un taller mecánico de Zaragoza.
Que antes de cantar fue portero del primer equipo del Real Madrid, o del Castilla.
Que fue portero en las categorías inferiores del club, en el juvenil, y que nunca llegó a jugar un partido oficial con el primer equipo. Lo del Castilla es además imposible en las fechas: el filial no se llamó Real Madrid Castilla hasta 1972, diez años después del accidente que le acabó la carrera. Que estuvo en la cantera del Madrid es cierto; lo demás ha ido creciendo con los años.

Si existe una carrera que resuma lo rápido que puede cambiar el fútbol, es la suya. En el Lanerossi Vicenza hizo algo que no había hecho nadie: máximo goleador de la Serie B y, al año siguiente, de la Serie A. Con veinticuatro goles en 1977-78 llevó a un recién ascendido a terminar segundo, por detrás de la Juventus. En Italia a aquel equipo lo llamaron el «Real Vicenza».
En 1980 estalló el Totonero, el escándalo de apuestas y partidos amañados que sacudió al calcio, y Rossi apareció entre los señalados. Siempre proclamó su inocencia. La justicia ordinaria lo absolvió —entre otras cosas porque en la Italia de entonces amañar un partido ni siquiera era delito—, pero la justicia deportiva mantuvo el castigo: tres años de sanción, rebajados a dos en apelación.
Volvió a jugar en abril de 1982. Llegó al Mundial de España con tres partidos en dos años y Enzo Bearzot se comió una tormenta de críticas por llevarlo. Rossi pasó la primera fase sin marcar. Y entonces, en cuatro partidos, hizo esto: tres goles a Brasil en el 3-2 que eliminó a la mejor selección del torneo, dos a Polonia en semifinales y el primero de la final contra Alemania Federal.
Seis goles. Se llevó la Bota de Oro, el Balón de Oro del torneo, la Copa del Mundo y, a final de año, el Balón de Oro europeo. Ningún futbolista ha ganado esas cuatro cosas en el mismo año ni antes ni después. Con la Juventus ganó dos scudetti, la Recopa y la Copa de Europa de 1985, la de Heysel. Murió el 9 de diciembre de 2020.

El nombre que más pesa de los nacidos un 23 de septiembre no es el de un futbolista, pero empezó siéndolo. Julio Iglesias fue portero en la cantera del Real Madrid, en el juvenil, compartiendo vestuario con chavales que sí llegarían al primer equipo: Velázquez, Grosso, Pedro de Felipe. Estudiaba Derecho y le faltaba una asignatura para acabar.
A las dos de la madrugada del 22 de septiembre de 1962 —la víspera de su cumpleaños— el coche en el que volvía con unos amigos se estrelló en la carretera de Majadahonda. El parte médico decía que no había ninguna esperanza de que volviera a caminar. Estuvo año y medio semiparalítico y renunció al fútbol.
En el hospital, un enfermero joven llamado Eladio Madaleno le regaló una guitarra para que ejercitase los dedos. No era un regalo romántico: era fisioterapia. Rasgueándola empezó a ponerle música a los poemas que escribía durante la convalecencia. Uno de ellos se llamaba La vida sigue igual y el 17 de julio de 1968 ganó con él el Festival de Benidorm.
Es el artista en español más vendido de la historia. Y todo arranca de un accidente de coche ocurrido el día que cumplía años.
Ese mismo día nacieron otros 51 futbolistas con ficha internacional. No los listamos por listarlos: aquí solo entra quien da para contar algo.
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