Este capítulo es distinto a los demás. En 1934 un régimen usó un Mundial como escaparate y ya nos pareció grave. Lo de 1978 es de otra magnitud, y no se puede contar solo como fútbol.
La sede se había concedido en 1966, mucho antes del golpe. Pero cuando llegó junio de 1978, Argentina llevaba dos años gobernada por una junta militar encabezada por Jorge Rafael Videla que estaba haciendo desaparecer a miles de personas.
El dato que lo resume todo: la Escuela de Mecánica de la Armada, la ESMA — el mayor centro clandestino de detención y tortura del país, por el que pasaron miles de detenidos — está a algo más de un kilómetro del Estadio Monumental. Los presos oían el ruido del estadio. Hoy la ESMA es un museo de la memoria declarado Patrimonio Mundial por la Unesco.
El régimen se gastó una fortuna en organizarlo y montó una campaña internacional para lavar su imagen. Hubo llamamientos al boicot en Europa, sobre todo desde Francia y Países Bajos, y no prosperaron. Videla entregó el trofeo.
Los holandeses volvieron a la final sin Johan Cruyff. Durante treinta años se dio por hecho que era una protesta contra la dictadura; él lo desmintió en 2008: la razón fue un intento de secuestro en su casa de Barcelona el año anterior.
Aun así llegaron a la final. Y estuvieron a un palo de ganarla: en el minuto 90, con 1-1, Rob Rensenbrink remató y el balón se estrelló en la madera. Si entra, Holanda es campeona del mundo y toda esta historia se cuenta de otra manera.
Antes de empezar, los argentinos habían hecho dos cosas que a los holandeses les sentaron fatal: salir tarde al campo, dejándolos esperando en el césped ante 70.000 personas, y luego protestar por la escayola que René van de Kerkhof llevaba en el brazo — la misma con la que había jugado los cinco partidos anteriores — obligándole a ponerle más vendaje. Al acabar, los jugadores holandeses se negaron a asistir a la ceremonia de entrega.

Y aquí está el partido que no se ha terminado de digerir en casi cincuenta años.
Por el formato de aquel Mundial no había semifinales, sino una segunda fase de grupos. Argentina jugaba después de Brasil y sabía exactamente lo que necesitaba para ir a la final: ganar a Perú por cuatro goles de diferencia.
Ganó 6-0.
Perú no era un equipo malo — había ganado su grupo por delante de Escocia y Países Bajos — y su portero, Ramón Quiroga, había nacido en Argentina. A partir de ahí, el partido lleva medio siglo rodeado de acusaciones.
Que el partido estuvo amañado por la dictadura: que se enviaron miles de toneladas de grano a Perú, que se desbloquearon créditos, y que Argentina se hizo cargo de un grupo de presos políticos peruanos a cambio del resultado.
Que hay acusaciones muy serias, testimonios concretos y cero pruebas judiciales. Lo que existe: declaraciones de un exsenador peruano sobre el traslado de presos políticos, informaciones sobre envíos de grano y créditos, y una causa abierta en Perú que no llegó a nada. Lo que no existe: ni un documento, ni una condena, ni una confesión de ningún jugador. Varios futbolistas peruanos lo han negado siempre y con dureza. La honestidad obliga a decir las dos cosas: que el contexto era el de una dictadura capaz de cualquier cosa y que el resultado es rarísimo, pero que amaño probado, no hay. Quien te lo cuente como hecho cerrado — en un sentido o en el otro — te está vendiendo una versión.
Que el régimen organizó el Mundial para tapar los crímenes y que el título fue un regalo.
Que el uso propagandístico está documentadísimo y no lo discute nadie: campaña internacional de imagen, gasto desmesurado, la junta en el palco, Videla entregando la copa y la ESMA funcionando a un kilómetro. Pero la sede se concedió en 1966, diez años antes del golpe, y el equipo de Menotti era bueno de verdad. Las dos cosas conviven: un título deportivo legítimo dentro de un torneo que un régimen criminal exprimió hasta el final. Reducirlo a una sola de las dos mitades es lo que suele hacerse mal.
Que la lluvia de papelitos del Monumental fue una explosión espontánea de alegría popular.
Que la imagen es real y es icónica — y que mucha gente en Argentina celebró de buena fe, sin saber lo que pasaba. Eso también es parte de la historia y conviene no juzgarlo desde 2026. Lo que sí está documentado es que el régimen lo alentó y lo explotó: había un plan de comunicación detrás, y lo que se veía en la grada convivía con lo que pasaba a un kilómetro sin que la mayoría lo supiera.
25 de junio, Monumental, papelitos por todas partes. Kempes abrió el marcador antes del descanso; Nanninga empató en el 82'; Rensenbrink se estrelló contra el palo en el 90'. En la prórroga, otra vez Kempes y después Bertoni: 3-1.
Kempes terminó con seis goles y el Balón de Oro del torneo. Es el único argentino que ha sido máximo goleador de un Mundial.


Argentina ganó su primer Mundial, y eso es un hecho deportivo que nadie le puede quitar. Pero le quedó pegado un asterisco que no se va: en 2026 todavía se discute si aquella copa se puede celebrar sin más, y en la propia Argentina las opiniones están divididas.
Menotti, que murió en 2024, fue uno de los que más habló del asunto con los años: siempre defendió que su equipo jugó limpio y que él no era parte del régimen, y al mismo tiempo reconoció lo que fue aquel país en 1978.
Y quedó la tercera final perdida de Holanda — porque volvería a perder otra en 2010. Cuatro finales sin ganar ninguna; ningún país acumula tanta mala suerte en este torneo.

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