Sándor Kocsis
«Cabeza de Oro»
Entre 1950 y 1956 Hungría fue, sencillamente, el mejor equipo del mundo. Estuvieron cuatro años y medio sin perder un partido, ganaron el oro olímpico de 1952 y en 1953 le metieron un 6-3 a Inglaterra en Wembley: la primera derrota inglesa en casa contra un equipo de fuera de las islas.
A aquello lo llamaron el Aranycsapat, el Equipo de Oro. Puskás era el nombre y el capitán; Kocsis era el goleador. Jugaban juntos en el Honvéd, el equipo del ejército, donde Kocsis llegó a meter 33 goles en 26 partidos de liga en una sola temporada.
En el Mundial de Suiza 1954, Kocsis hizo algo que no había hecho nadie: once goles en un torneo. Metió dos tripletes. En la semifinal contra Uruguay —campeona vigente y todavía invicta en Mundiales— el partido se fue a la prórroga y fue él quien metió los dos goles de cabeza que la eliminaron. Hungría ganó 4-2.
Aquel año acabó con 23 goles internacionales en doce meses, una marca que sigue siendo referencia mundial.
Y entonces llegó la final. Hungría iba 2-0 arriba a los ocho minutos contra Alemania Federal, un equipo al que ya le había metido 8-3 en la primera fase. Perdieron 3-2. Es el Milagro de Berna, probablemente la mayor sorpresa de la historia de los Mundiales, y el mejor equipo del mundo se quedó sin ganar nunca uno.
En 1956, con el Honvéd de gira por Europa, estalló la revolución de Budapest. Varios jugadores decidieron no volver, Kocsis entre ellos. La federación húngara los sancionó y estuvo año y medio sin poder jugar.
En 1958 fichó por el Barcelona, donde se reencontró con Kubala y con Czibor, otro de los húngaros. Estuvo siete temporadas: 42 goles en 75 partidos de Liga, dos Ligas seguidas (1959 y 1960), dos Copas de Ferias y la Copa del Generalísimo.
Jugó la final de la Copa de Europa de 1961 contra el Benfica, la primera que perdía el Barcelona. Marcó él uno de los goles. Acabó 3-2 para los portugueses, con dos balones al palo del Barça.
Se retiró en 1966 y se quedó a vivir en Barcelona, donde llevó un negocio de hostelería y entrenó brevemente al Hércules.
Murió en Barcelona el 22 de julio de 1979, a los cuarenta y nueve años, tras una larga enfermedad. En 2012 sus restos fueron trasladados a Budapest y descansan en la basílica de San Esteban, al lado de los de Puskás.

Sueco de padres eritreos, debutó en la liga sueca a los dieciséis años batiendo el récord de precocidad de Zlatan Ibrahimović, con quien lo compararon desde el primer día por motivos que tenían más que ver con el pasaporte que con el estilo.
Se fue al Borussia Dortmund demasiado pronto y le salió mal. Lo arregló en la Real Sociedad, donde entre 2019 y 2022 se hizo el futbolista que prometía y ganó una Copa del Rey —la final de 2020 que se jugó en 2021, sin público, contra el Athletic—.
De ahí al Newcastle, donde se convirtió en uno de los mejores delanteros de la Premier League y en el centro de algunas de las cifras de traspaso más altas que se han manejado nunca por un delantero.

Extremo croata de los que aparecen en los días que importan. En el Mundial de 2018 fue titular en la selección que llegó a la final, y marcó en el 3-0 a Argentina en la fase de grupos.
Antes, en 2017, había decidido una final de Copa de Alemania con el Eintracht de Fráncfort metiendo los dos goles al Bayern. Después jugó en el Milan, donde ganó el scudetto de 2022.
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